Sí, quiero

«…se dieron todo el uno al otro, se compartieron tanto, dicen, que incluso hubo un momento en que no se podía distinguir quién era quién. Entonces apareció el problema. Tanto estar uno en el otro acabó por intercambiarles las almas. Dejaron de gustarles ciertas cosas, porque en realidad era de sí mismos de quienes se habían enamorado. Sus peores detalles aparecían en el otro como en un espejo, retornando como puñales afilados…»


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