Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

Tangos

Juan es un hombre anuncio que pasea los fines de semana un gran cartel doble con menús a 8,50. Juan sube y baja la gran vía ofreciendo su cuerpo como poste, como corcho, como página derecha a todo color de un diario de fin de semana. Juan anuncia la comida de otro, el negocio de otro, los beneficios de otro. Juan lo hace por no pagar los 8,50 que vale el menú y algún dinero extra que le permita bajar al bar junto al puticlub de la esquina y mirar de lejos a las muchachas que se preparan a descender a los infiernos. Juan las desea a todas, se diría incluso que las quiere. Por 1,10 se toma el café cortado mientras sueña con una noche en el paraíso. A veces esboza una sonrisa cuando esa muchacha le clava la mirada. Las miserias se confunden con amor.

Antonio ha terminado su segundo master en economía internacional en Alemania y pronto irá a Japón a investigar nuevas técnicas de mercado. No ha cumplido 25, sabe tres idiomas y se le supone preparado para llevar proyectos internacionales de cientos de miles de euros. Siempre dócil, siempre estudiante, siempre inteligente. Antonio nunca propondrá en sus negocios un plan de marketing que incluya un hombre anuncio por la gran vía. Esta noche ha vuelto a bajar al puticlub de la esquina y ha pagado los 200 euros que le cuesta sentirse querido. Ella es una profesional, lo ha hecho como una diosa, pero nunca le mirará como a Juan, que, de nuevo, pasea por gran vía un día más

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Eres responsable de tu rosa

Todos los días, P. se situa frente al jardín que ha cuidado con esmero durante años. Mira con detalle todos y cada uno de los seres vivos que allí se desarrollan. Tiene cierto complejo de creador cuando lo hace. Se siente bien, respira hondo y deja caer con grandilocuencia un suspiro que suena más a salmo que a súplica.

Su jardín es simétrico hasta la enfermedad. Todos y cada uno de los arbustos que ha plantado se pueden analizar desde la vertical que unen las dos esquinas opuestas. Los setos, adornados con distintas especies se emparejarían si pudieramos doblar el jardín por su mitad inferior. Cuando colocó los árboles lo hizo pensando en la matemática precisión de las sombras que proyectarían en cada una de las estaciones.

Esta mañana, P. se siente contrariado, con flema inglesa ha visto crecer junto a uno de los rosales más hermosos una flor nunca vista. Acude a la enciclopedia que le regalaron al jubilarse y no halla por ningún lado la especie, subespecie o algo que pueda darle cierta referencia. Su respiración se entrecorta, no se siente bien, y su suspiro resuena ahora más a plegaria que a bendición.

A P. le invade la duda del creador. Puedo cortarlo, manteniendo la perfección del jardín. Pero es una especie única. Nunca podré recuperarla, mientras que si dejo que crezca, tampoco podré plantar en su polo opuesto otra que respete la simetría complicada con la que he creado el resto.

P. es consciente de que si deja vivir aquella flor, romperá para siempre la simetría que le permite respirar hondo, sentirse bien, y elevar salmos a sí mismo. Sabe, sin embargo, que si la elimina, nunca se perdonará el haber actuado con la superioridad que da el ser creador.

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P. dejó finalmente vivir aquella planta. Quemó todo lo que había a su alrededor y terminó por destrozar el jardín. Ya no puede cortarla porque ha echado raices en su salón.

Demagogias del lugar es lo de menos

En realidad eran cuatro los reyes que se acercaron a la posada aquella noche famosa. Y fue porque se desviaron de su camino a una recepción oficial.

En realidad llegaron después de un corto viaje, porque estaban de vacaciones pagadas con los impuestos de los orientales a quienes sometían sin demasiada crueldad, todo hay que decirlo.

En realidad cuando llegaron al portal, se encontraron solo con dos pastores, que, la verdad, caminaban por allí y se acercaron para ver qué pasaba. Puro morbo.

En realidad no era un niño sino dos, hembra y varón quienes chillaban ateridos de frío aquella noche famosa. La mula nunca estuvo allí, el buey tampoco. Dicen que había quizá algún cerdo, pero resulta poco verosímil por ciertas obviedades.

La verdad es que no había padre, pues se había ido a por tabaco, henchido de orgullo ante la doble hazaña y algo desesperado por los nervios. No en vano había tenido que atender él mismo a la madre, que tampoco era su mujer, ya que la seguridad social no dispone de medios en noches como aquella.

En realidad no solo no eran judíos sino que se sentían oprimidos por sus alambradas.

La verdad es que la estrella más bien nunca pasaba por allí, temor de chocar con algún Tierra-aire.

En verdad, en verdad os digo, que ni Dios quiere nacer allí.

Contrasentidos de hoy

Fue detenido bajo las cautelas del Gobierno, una noche cerrada y a ocultas de la prensa. Nadie supo, pues, que al día siguiente sería ejecutado bajo la atenta mirada del verdugo, el juez, y el testigo de oficio, un repartidor de pizzas que se encontraba repartiendo en la comisaría cuando le bajaban al calabozo. Cuestión de mala suerte.

Se había dedicado durante los últimos quince años a colocar en las esquinas superiores de las camas donde pernoctaba un breve poema, una oración pagana o retazos de literatura indomesticable. Poco a poco consiguió cierta popularidad, de la que huía naturalmente, pues fama, que se supiera, no buscaba. Albergues, casa rurales, hospicios, hostales, pensiones…se fueron llenando de cierta poesía, de ciertos tonos decadentes o melancólicos, según el lugar, que acababan por atraer a los cansados viajeros en busca de descanso para el alma.

Tanta poesía en esquineros de lechos solitarios provocó la inmediata supresión de desigualdades en las categorías hoteleras, desechando para siempre el estrellato de los neones que cupulaban los edificios de descanso. Tanta poesía en ángulo estimuló la lectura en los niños, que de mayores querían ser poetas, abandonando balones en los patios, bajo la displicente mirada de educadores agotados de tanto soneto y silva.

La justicia, al no encontrar motivos suficientes de dolo en los actos del poeta aquel, dejaron en manos del fiscal la solución. La fama del inquisidor era, sin duda, mayor que la del escritor del Parnaso. No en vano cargaba orgulloso las penas de mas de diez mil ejecutados sin pena. Ni gloria. Rápida y vorazmente encontró la solución que definitivamente le llevaría al cadalso también llamado reeducador social promocional desde la reforma del ministerio.

Su culpa: No utilizar papel reciclado.

Semana Tercera

La vida de aquel hombre no cambió en exceso cuando supo que sobre su tierno cuerpo de lechón se reencarnaría la esencia misma del mal. Es más, sintió que la calamidad absoluta dentro de su cuerpo lograría hacer de su existencia algo más de lo que era en sí: rutinarios paseos por los parques cercanos a su casa, lectura de libros históricos, comidas frugales en el restaurante de siempre.

La vida de los hombres se podría resumir en tres líneas y quizá nos entrara un punto y aparte. Esto pensaba aquel hombre sin menosprecio de su vida, pero con cierta desazón. En el fondo, como casi todos, estaba acostumbrado a ser así. Ahora, sin embargo, y ciertamente contrariado por la noticia, se inquietaba pensando cómo sería su lado oscuro, el paraje desconocido de su alma que albergaría las heces de la humanidad. No lo negaba: se sentía atraído poderosamente por aquel incipiente suceso.

Pasó el lunes, pasó el martes, y se sucedieron los paseos por los parques y las comidas en el restaurante de siempre: semana primera. Pasó otro lunes y otro martes y continuaron las lecturas de libros históricos: semana segunda.

Ciertamente afligido, aquel hombre pensó seriamente que le habían engañado, que el mal no vendría nunca a buscarle, con lo que decidió presentarse en su casa. La casa del mal tampoco era para tanto, alguna furcia, un par de efebos castrados haciendo felaciones, fuego por todas partes y, de vez en cuando alguna canción de un disco de Mecano reproducido al revés.

Después de haber bebido una buena dosis de perversión, practicó el sexo con un par de jirafas, dos tragos de sadismo le llevaron a desollar a uno de los efebos, y ciertas maneras de odio le convidaron a despreciar incluso al maestresala que, todo sea dicho, tampoco era para tanto.

Ahora aquel hombre sigue paseando, leyendo y comiendo como siempre, pero se siente mucho mejor. Empieza a ser feliz. Su vida, se decía ahora, necesitaría al menos las líneas del párrafo anterior.

Creo, además, que tiene muchos más amigos.

Son malos tiempos para soñar

– Buenos días
– Buenos días, usted dirá
– Vengo a pedir una hipoteca
– Pues está la cosa…
– Ya, quiero hipotecar un sueño
– Como todo el mundo
– Pero verá, es que yo creo que aun no han perdido valor
– Ya, ya, eso dicen todos, mire usted.
– Déjeme explicarle
– Antes de que siga, mire usted, déjeme explicarle primero a mí. Antes sí, antes sí que eran buenos tiempos, todo el mundo tenía alguno, grande o pequeño, pero lo tenía, mire usted. Pero ahora… ahora hay demasiados sueños sin cumplir, que sí, que no digo yo que no valgan, pero me dirá dónde metemos los sueños sin cumplir. Algunos… pues bueno, tienen algo que rascar, pero la mayoría, mire usted, ya no valen ni para ilusionarse un poco.
– … bueno, el mío…
– No he terminado. ¿Y todos esos sueños que están vacíos, abandonados? O aun peor, ya me dirá qué quiere que hagamos aquí con los que se han ocupado, sí, ocupados por personas que no han dormido en su vida y que por la cara bonita se los han quedado, y no me hable usted de la ley, mire usted, que primero hay que demostrar que el sueño fue una vez de alguien, y luego está el despertarles. ¿Ha visto alguna vez cómo es eso? Pues se lo diré yo, muy desagradable, mire usted, que hay que darle mucho a la realidad para que sirva de algo. La gente ya no sabe qué hacer, ahora se está poniendo de moda compartirlos, como si con eso se arreglara el asunto, pues no, mire usted, porque al final ni es de unos ni de otros, y luego viene que si no era lo que habíamos soñado, que si yo creía que era otra cosa… pues no, señores, si se tiene un sueño pues se tiene y punto, y si tienes que renunciar a otras cosas, pues renuncias, pero claro, hoy en día nadie quiere soñar así, lo quieren cumplido, ¿se imagina? ¿Se imagina a nuestros padres cumpliendo sus sueños? Pues no, ahí están los pobres ahora, dejándose el alma para que sus hijos tengan los sueños que no tuvieron, mire usted.
– Entonces… está la cosa mal.
– ¿Mal? No mal, muy mal, que lo que ha habido aquí es mucho especulador, llenando las cabezas de falsos sueños… que no eran ná, mire usted, puro humo. Pero cuando las cosas pintan mal, ya sabe, la gente se agarra a cualquier cosa, aun sin convicción. Ya nada es lo que era, como cuando los sueños se trabajaban con las manos, con el sudor de la frente. Y hasta que no se conseguía pues dale, erre que erre, que no había jornal suficiente, mire usted. Eso sí. Daba igual que fuera pequeñito y con poca luz, tenía usted que ver la cara de satisfacción que daba un sueño cumplido.
– Puedo presentar otro sueño como aval…
– Que no se entera, mire usted. Que lo que nos sobran son sueños, que no sabemos qué hacer con ellos, que se lo he dicho ya, que ahora lo que queremos es quitárnoslos de encima, que lo único que nos hacen es perder tiempo y mucho dolor de cabeza, que ni descansar podemos, oiga. Ayer sin ir más lejos me dejaron otro, lo tengo en el cajón ¿quiere verlo?
– No, deje, me lo creo.
– Para otras cosas puede que no tanto, pero son malos tiempos para soñar, mire usted
– Lo son, ya veo.

Ya no tengo edad

Imagina por un momento que te dan la oportunidad de quedar contigo mismo. Pero con un contigo del futuro. Imagina ahora que estás sentado en un parque, en una mañana soleada, con aire fresco y a tu lado te sientas tú. Pero eres un tú con muchos años más. Vale, es un poco borgiano, pero imagina que tu yo del presente puede escuchar a tu yo del futuro.

Imagina entonces que descubres que has cambiado, y has cambiado mucho. Te oyes decir que estás de vuelta de todo. Estás constantemente triste por cualquier excusa a la que te aferras sólidamente. Hablas mal del gobierno, de los partidos políticos, te dices, en definitiva, que ya no tienes ideales, que hubo un tiempo en que sí, pero que la vida te ha enseñado que todo es mentira. Te dices con vehemencia que no mereció la pena trabajar tanto, tantas horas, restándote tiempo para lo que te apetecía para luego nada. Te cuentas cómo fuiste perdiendo a tus amigos porque dejasteis de veros, porque sin entenderlo del todo hubo una época en la que ya cada uno fue por su cuenta, que pasasteis de veros en todas las fiestas a veros en los pocos momentos que hubo para solo cruzar frases enciclopédicas de la ocasión.

Imagina que te dices que ya te da igual que el día esté soleado, con aire fresco o sin él, porque ya no sueles viajar. Imagina que te dices cómo de una forma abrumadora dejaste de hacer esas pequeñas cosas que te gustaban, porque pasaste con ellas de la pereza al olvido, para terminar en nostalgia por lo que recuerdas te hacía sonreír. Te cuentas con media sonrisa que ya nunca haces esas tonterías delante de todo el mundo, que ya no te subes en los bancos del parque, que ya no cantas por las noches en las calles, que ya no bailas sin pudor aunque no sepas, que ya no juegas con muñecos, que nunca te disfrazas, que hace mucho tiempo que no le dices a quien te gusta y no lo sabe que te gusta y no lo sabe. Te dices, ya sin sonrisa ninguna, que dejaste de hacer casi todo por una ley conocida como el ya no tengo edad.

Imagina por un momento que te dan la oportunidad de quedar contigo mismo. Imagina que estás de acuerdo contigo mismo. Imagina que, en realidad, estás solo en un banco del parque.