A veces la diferencia entre creer que ves un abismo o un paisaje es todo lo que has recorrido antes y te hizo llegar hasta ahí.
El primero aterra, al segundo le haces una foto.
A veces la diferencia entre creer que ves un abismo o un paisaje es todo lo que has recorrido antes y te hizo llegar hasta ahí.
El primero aterra, al segundo le haces una foto.
Soñaron sus sueños, quizá no eran los más espectaculares, ni los más ambiciosos. No serían el guión de una película, siquiera de una novela corta.
No serían sueños que compondrían letras y canciones, no serían nunca historias de redes sociales, sin likes, sin alcance.
Pero era sus sueños. Suyos y de nadie más. Íntimos, sutiles, con la privacidad de la complicidad.
Y ya por eso se estaban cumpliendo.
Cambias los sueños del cajón de lo certero al de lo probable. Con el paso del tiempo pasan del probable al de nunca se sabe.
El siguiente cajón es el de nunca. Y se sabe.
Ese que tienes lleno de condicionales, aplazamientos, dudas y miedos.
Algunos sueños incluso se cambiaron sin que tú hicieras nada.
Y eso, te comunico, es la definición del paso del tiempo.
Y me pregunto qué pasa por la cabeza de las personas en esas décimas de segundo en que se apuntan con el móvil mientras se sonríen y encuadran su mejor perfil.
Y me pregunto si no será mejor sonreírle a todo el que critica tu gesto, tu cara, tu figura, tu peso, tu sexualidad, tu religión, tu ideología, tu ropa, tu música, tus libros, tu barrio.
Y me digo si no será mejor tirarles a todos el móvil a la cabeza mientras apretamos la foto de la libertad.
Esa libertad.
uno va viendo cómo lo importante es lo que espera tras las palabras, con las palabras, en las palabras.
Y uno va viendo cómo también conquistan los silencios compartidos.
Y da igual la distancia si se sabe que estás.
Que repasan cientos de historias y que anuncian un quinto que brilla.
Tiempo incontable e infinito para ese retorno anual del acontecimiento más hermoso.
Miraba y me soñaba protagonista de historias de una escalera, otras veces oteaba el tragaluz. No sé si vendrá mi hijo a verme. Siempre vigilaba bohemia ese pasillo con luces amarillentas parpadeantes (ay Manolo, el portero que no las cambia). Nunca supe si a través de la mirilla la vida se soñaba o soñaba la vida. Tengo que salir a comprar las medicinas. En cualquier caso la escalera es el río que va a dar en el portal, que es el morir porque no hay rampa para mi andador.
Se perdieron por el mundo para no perderse el uno al otro. La frugalidad de su fuga convirtió cada momento en el mayor de los lujos, porque lo tenían todo en esa sencillez de lo únicamente necesario.
Les miraron raro. Con incomprensión envidiosa.
Se les sigue esperando en el trabajo.
Si vieron, fugaces, las ideas de un mundo mejor, y alentados por esos sueños mordieron sangre.
Si quisieron, ilusos, cambiar la faz de un rostro anegado de odio inmisericorde.
Si postraron, agotados, sus cansadas voces de tanto gritar frente a las calles oscuras.
Quiénes somos nosotros para no resucitar sus sueños, pidiendo perdón por llegar, probablemente, tarde.