Mentiras y desacuerdos (II)

por alexasunsolo

Esperaba algo cansado a que me dieran mesa. Un día difícil, no demasiado diferente a los días fáciles pero con esos pequeños matices que los echan a perder. La delgada línea roja entre la mueca y la sonrisa. Tampoco tenía hambre, ni demasiadas ganas de volver al mismo lugar del que había salido sin perspectiva ninguna. Las pesonas a mi alrededor se inquietaban. Me pregunté si llevaban días sin comer, si acababan de regresar de un encierro. No parecía por su elegancia imposible pero intentada. Me pregunté si acaso les esperaba después de la comida un trabajo maravilloso, una tarde inolvidale. No lo parecía por sus charlas vacías y sus golpecitos con la punta de los pies contra el suelo. Me pregunté si debería seguir preguntándome por ellos y no por mí, ya que me había puesto. En esas estaba cuando me sorprendió el olor a vainilla que procedía de mi espalda. No era yo, evidentemente, y aposté con mi curiosidad a que serías como tú. Te imaginé tal como eras, exactamente. Me pregunté si sería absurdo darme la vuelta y romper la inercia de las miradas. Me pregunté si no era hora ya de dejar estas tonterías. Solo era un olor a vainilla. Mi estudio huele a vainilla mezclada con canela. Me pregunté si acaso lo que tenía detrás no era una cortina o el sofá de mi casa que habían venido a buscarme. La estadística de mis últimas preguntas no aseguraba que aquello fuera más difícil que tú fueras finalmente tú, tal y como te había pensado. Cortina o tú. La delgada línea roja entre una tarde inolvidable o el regreso al encierro.

– ¿Cuántos son? ¿dos?

Me dí cuenta de que el camarero pensó que no venía solo, sino acompañado de la persona que olía a vainilla que esperaba también sola. No era la cortina. Supuse. Sin pensarlo un instante me di la vuelta mientras pregunté sonriendo

-¿Somos dos?

Me miraste, sonreiste.

Tú. Vainilla. La delgada línea roja

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