Semáforo y vida

por alexasunsolo

Con el semáforo en verde lo tienes claro. Pasas, sigues, caminas, entras, sales. Una luz sin dudas que incluso te anima a proceder. Con el semáforo en verde solo te preocupa una cosa: el tiempo. Porque te sabes finito, porque te reconoces limitado. Por eso cuando llegas a un cruce de tu vida y lo ves en verde, corres, aprietas el acelerador, te angustias. ¿Cuánto llevará así? ¿Cuánto le queda? Ves a los demás a lo lejos e intuyes que has llegado demasiado justo. Quizá demasiado tarde. Y es aquí donde se separan los valientes de los cobardes.

El día en que prefieres esperar para cruzar al otro lado, demuestras que no esperas nada del otro lado.

Con el semáforo en rojo lo tienes claro, pero menos. Porque siempre puedes mirar a los lados y saltártelo. Y pasar, seguir, caminar, entrar, salir. Una luz prohibida que incluso te anima a pecar, a transgredir normas que nunca te preguntaron. El tiempo no importa, porque ya estás en el lado oscuro de la vida, porque ya has decidido avanzar. Es más: la luz verde que le sigue no trae ninguna emoción. Porque cuando algo que haces deja de ser malo, deja de tener emoción. Dejas de ser adolescente y ya no tienes que ocultarte para fumar, o buscar subterfugios para excusar comportamientos.

El día en que no tienes que pedir permiso para hacer algo, dejas de querer hacerlo sin permiso.

Con el semáforo en ámbar es donde finalmente decides para siempre. Porque es en este terreno donde te quedas solo, es ese espacio indefinido donde nada ni nadie te va a decir qué tienes que hacer. De nada sirve mirar alrededor: unos están allá y otros aquí, unos van y otros vuelven. Su luz intermitente se acompasa con tus latidos y angustias remotas. No hay pistas, no hay leyes, no hay rutas, no hay dirección previa. Tienes que decidir. Y es aquí donde se separan los felices de los tristes.

Porque el día en que optas por dejar a otro que te diga qué hacer, te encaminas sin remedio a la pesadumbre del desencanto.

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