La diferencia entre los días no es el tiempo que hace, no es qué tal has dormido o comido. La diferencia entre los días no es si lo hiciste bien en el trabajo o no, si llegaste cansado o no.
La diferencia entre los días es tu mirada entre las mil.
La diferencia entre los días no es el tiempo que hace, no es qué tal has dormido o comido. La diferencia entre los días no es si lo hiciste bien en el trabajo o no, si llegaste cansado o no.
La diferencia entre los días es tu mirada entre las mil.
Hacemos rutinas de lo inane, lo que no aporta. Echamos la mochila en el asiento del coche, dejamos las llaves en la bandeja de la entrada, colgamos los abrigos. Rutinas inconscientes que si no las haces te falta algo.
Y sin embargo no damos buenos días en el trabajo, no dejamos sentarse a los abuelos en el metro, no contestamos mensajes de amigos, no nos paramos a preguntar qué tal el día
Y las estrellas en el cielo se apagan cada vez.
Creo en el hombre
a pesar del hombre.
En su capacidad de amar
y hacer la guerra,
de viajar al espacio
y asolar la tierra,
de sus progresos científicos
y sanidad de pago.
Creo en su solidaridad
que limita con pasaportes,
en la lucha colectiva
y su egoísmo liberal.
Creo en el hombre
a pesar del hombre,
porque no nos queda otra.
Y al final están las personas.
Las buenas, las mejores, la imprescindibles que dijo aquel. Las insulsas, las malas, las peores.
Al final solo te quedarán las personas.
Elige bien de quiénes quieres recibir los mensajes.
Si quieres abrirlos enfadado o con sonrisa expectante.
Elige tu lado de la historia. Y de las historias.
Todo lo demás es solo todo lo demás.
Nunca guardarás en el banco lo que merece la pena, ni en un caja, ni bajo llaves, ni en pisos o segundas residencias, ni en fondos de inversión, ni lo recibirás en herencia o gananciales.
Lo que merece la pena se besa y se respira, se ríe, llora, comparte, admira, aprende, mima, se ama con pasión ilimitada e irrefrenable.
Un valor incalculable que no cuesta nada y cuesta mucho al mismo tiempo.
Se disfrazaba de melancolía pero era tristeza tímida que no quería ser reconocida.
Se disfrazaba de nostalgia pero era desesperanza que no quería ganar la batalla tan pronto.
Nos creíamos fuertes, eternos, invencibles. Nos pensamos resistentes al desánimo, navegadores de tormentas, vencedores de justas medievales, supervivientes de holocaustos diarios en la oficina. Nos hacíamos los duros ante las tormentas del fin de mes y los alquileres injustos. Enérgicos combatientes del ideal mínimo que da para una falsa paz mental.
Nos creíamos todopoderosos hasta que necesitamos ayuda y al acudir, por fin, a la cita, vimos que había una larga cola de superhéroes esperando su turno.
Las dos frases más raras hoy, casi desaparecidas del lenguaje:
“No, la verdad es que no tengo clara mi opinión”
“¿En qué te puedo ayudar?”
Las huellas en la arena te insinúan quizá un paseo, quizá una huida silenciosa, o un sencillamente seguir sin más.
Todo aquel pasado ya no está, donde pensabas abrazar tu mirada nostálgica se ha borrado. Y tu sueño siquiera llegaba a nacer recuerdo.
Porque los recuerdos, como las promesas, mueren sin avisar. Tendrás suerte si te cumplen años.
Y al mirar atrás, vano intento, sonará tu tonada, otrora preferida, que evitará el silencio de saberte que estás solo.
A veces la diferencia entre creer que ves un abismo o un paisaje es todo lo que has recorrido antes y te hizo llegar hasta ahí.
El primero aterra, al segundo le haces una foto.