Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

Categoría: historias

Lotería

A todos los que creéis que queréis a la persona que tenéis a vuestro lado, joder, dejad de creerlo y amarla, amarla como si fuera la última vez que la tenéis delante. Dejad de ser estúpidos y corred hacia donde esté, donde quiera que eso sea, qué más da. Pensad en las personas que jamás sabrán vuestro nombre y por las que sin embargo os dejáis la voz en los conciertos u os volvéis locos viendo su última película. Joder, dejadlo todo y buscad a la persona a la que queréis y decidle la verdad, porque es para el mejor trabajo de vuestra vida, porque nunca podréis gastaros lo que ganaréis con él, porque os permitirá beberos el deseo y la felicidad a tragos, sed coherentes por una vez y luchad para lo único que no es interesado y sin embargo es lo que más os interesa, dedicad todo el tiempo que tenéis y el que no tenéis en recordarle a la persona que queréis que cantaréis a gritos todas y cada una de sus palabras y que os gustaría ser el protagonista de la película de vuestra vida. Hacedlo, hacedlo ya, de una puta vez, por ella, por él, hacedlo por los que no podemos, por los que no pueden. Joder, porque el mundo está mal, muy mal repartido y habéis sido tocados por la diosa fortuna y, mierda, algunos ni siquiera lo sabéis.

Lo que no se ve pero se siente

Se miraron en la tienda de muebles, desde lejos. Creyeron reconocerse pero achinaron los ojos con intención de afinar el resultado. Tras varios incómodos segundos, donde uno tiene la sensación de que le considerarán un pervertido o mirón, esbozaron la sonrisa. Eran ellos, ellos mismos, sí, en quienes estaban pensando. Como si de un duelo del oeste, pero a la inversa, se tratara, se fueron acercando a pasos cortos pero firmes, dejando ver que el protocolo se cumplía a la perfección. Coincidieron en la parte de las camas. Justo delante de una enorme con desacertada decoración pero que se ofrecía indecente a sus pies. Dos besos que fueron olores, una caricia en el hombro que fue un abrazo y la imperiosa necesidad de besarse y lanzarse al deseo y al amor. Habían pasado cientos de años, vidas enteras, pero los dos sabían que si apagaran las luces se recorrerían el cuerpo y el alma sin necesidad de mapas ni indicaciones. Siguieron enamorándose de nuevo mientras sus bocas, por disimular, hablaban de tonterías que ni siquiera escuchaban. Tras hacer el amor de forma salvaje, con ansiedad de enfermos dependientes, con impulsos del que va a morir mañana, con el respeto y el cariño de la primera vez y con la furia y el dolor de la última, recuperaron sus cuerpos que seguían hablando en modo abstracto de los niños, del trabajo y de lo cara que está la vivienda. Con dos besos que fueron sudores, un abrazo que fue grito y un hasta pronto que fue un hasta siempre, se despidieron sin recordar por qué habían entrado en aquella tienda de muebles, ni por qué estaban en este mundo.

Suceso

Le descubrieron cubierto de sueños sobre la cama. Sin señales de violencia. Nadie se explica cómo pudo ocurrir, parecía normal y nunca dio problemas en el barrio. Algunas personas que le conocían contaban que últimamente estaba como ausente, pero no le dieron importancia. Se busca a los cómplices del suceso, aunque por los cálculos realizados por la policía podrían andar ya muy lejos, quizá en otras sábanas que hace tiempo dejaron de ser inquietas.

Cinco ideas y una verdad incómoda sobre el sentimiento de culpa

El sentimiento de culpa es insistente, es como la gota que cae constantemente desde el grifo que no cierra, como la alarma de la mañana que se repite cada cinco minutos aunque la detengas.

El sentimiento de culpa puede aparecer por algo que has hecho. Entonces tiene ese sabor añadido de lo que ya no se puede impedir, tiene modos de trampolín del que has saltado y ya no cabe sino esperar el golpe del agua protegiendo tu cuerpo; tiene aspecto de final de partido, con sensaciones de lástima de cinco minutos.

El sentimiento de culpa puede aparecer también por algo que no has hecho. En ese caso tiene sabor a ansiedad, a impotencia, a invalidez desesperada. Se viste de excusa, de razones, de motivos, todos tan vacíos que no llenan el traje del paso que no se dará.

El sentimiento de culpa no se comparte, se contagia, es una enfermedad de transmisión sentimental que va de un cuerpo a otro en una extraña competición, donde el receptor asume la carga y la acepta como suya incrementándola con sus virus personales.

El sentimiento de culpa es como la energía, no se crea ni se destruye, se va transformando en cada etapa de la vida, se hace carne en distintas personas, fluye entre actos, pero está.

La verdad incómoda: los que nunca tienen el sentimiento de culpa, los que nunca lo sufren, esos que ni siquiera saben qué es, son, evidentemente, los culpables.

El día en que te marchas

Hay un día en que te vas. Te vas de algún sitio, te vas de un trabajo, te vas de casa, te vas de aquella cita, te vas de aquel lugar, te vas de un padre, un matrimonio, una novia o un amigo. Hay un día en el que te marchas. Es ese momento. Hay un día en que lo dejas todo y no miras atrás, o en el que solo decides llevarte lo imprescindible, obligándote a realizar una selección costosamente importante. O peor: puede que el día en el que te vas sea después de muchos otros en los que siempre te estás yendo, abrasándote en un purgatorio que estalla el día más pensado. Y ese día te vas con las heridas que tardarán meses, años en curarse. Te vas dando un portazo o por la puerta de atrás. Te vas después de blasfemar o a la francesa. Pero te vas.

Hay un día en que te vas. Sea como fuere y por lo que fuere todos los días en que te vas tienen dos cosas en común: le ofreces tu mejor espalda a alguien y das un enorme paso adelante.

Los siperonoes

Un día dejaste de pensar en ella. Ya no creías que el mundo se construyó según caminaba, un día dejaste de profesar el mandamiento de sus diez locuras; renunciaste entonces a encontrarte en su espejo, se te olvidó su todo, ya no alimentaste ninguno de sus caprichos y no volviste a recordar sus modos de hacerte esperar cuando llegaba tarde. Un día dejaste de entender vuestro lenguaje, o, aun peor, necesitaste un traductor; aquel día la besaste y dios no necesitó después un día para descansar. Vuestra canción se hizo de todos o de nadie, los versos necesitaron desde entonces la rima consonante en los pares y vuestra ciudad se llenó de turistas; ese día dejaste de construir catedrales con sus caricias, y no pudiste ya escribir una enciclopedia con sus palabras. Su nombre ya no fue tu Quijote ni su cuerpo tu Biblia.

Ese día fue de noche, pudiste dormir sin soñar, supiste lo que es mucho, pero nunca volviste a conocer lo que es todo, te mojaste sin empaparte, caminaste sin volver a pasear, a paso firme pero sin nunca dar un salto; ese día dijiste con seguridad lo que no eres, sin saber ya lo que eres, a partir de ese día reíste con motivos pero nunca volviste a sonreír sin motivo, y te pusiste triste, pero sin poder derramar una lágrima. Desde aquel día tus besos son de fogueo y tu cinturón un salvavidas. Ese día te convertiste en un siperono. Uno de tantos.

La vida en diez maletas

Tu primera maleta no la escoges, ni siquiera te das cuenta de que existe. Se la llevan tus padres contigo a casa desde el hospital y se compone de regalos promocionales de fabricantes de productos infantiles, que si toallitas, que si pañales, vamos, que tu primera maleta es algo así como un muestrario comercial de venta por catálogo.

Tu segunda maleta no la haces tú, la hace tu madre y va llena de preocupaciones, que si va a estar bien, que si no es demasiado pronto, que si va a hacer frío por las noches, que si mujer que va a estar muy bien, ya me hubiera gustado a mí a su edad irme de excursión con el cole. En el bolsillo del fondo guardas las golosinas que están prohibidas con la motivación del que empieza a ser mayor para desobedecer.

Tu tercera maleta es un desastre, porque la haces tú, es la ausencia de simetría y sentido común. La única diferencia con la que vuelve es que la segunda está llena de barro y manchas de las copas que te has tomado con los amigotes en la playa, quizá en el monte, y está llena de ilusiones, canciones, chistes de intelectualidad inexistente y promesas resacosas por no cumplir. En el bolsillo del fondo la botella que te ha tocado llevar en el reparto que os habéis hecho en el súper del barrio por la tarde.

Tu cuarta maleta es una mochila mentirosa, disfrazada de noche de estudio para el complicado examen de mañana, está llena de nervios, ansiedad y meses, años quizá, de prácticas individuales de sexo y muchas, muchísimas dudas de si lo que te han contado es verdad, aderezadas con lamentables comparativas con los protagonistas de las películas que te han enseñado lo que jamás te contarán tus padres. En el bolsillo del fondo preservativos llenos de preguntas y caducidad dudosa.

Tu quinta maleta es grande, te lleva a un piso compartido, quizá cerca de la facultad, quizá en otra ciudad, a veces incluso es emigrante a países con lenguas que aprender. Es una maleta que haces con la emoción del que intuye que volverá otra persona distinta a la que se ha ido. En el bolsillo del fondo ese libro que imaginas te acompañará siempre que viajes.

Tu sexta maleta está llena de vértigos, de sueños, de deseos, y en ella llevas todo lo que tienes, todo lo que eres y todo lo que quieres ser, lleva la etiqueta de un viaje de novios inolvidable, de una decisión tomada y sabe a vino y rosas. En el bolsillo del fondo va tu alma doblada, abrazada a cuatro manos.

Tu séptima maleta no se cierra bien, porque la estás haciendo sin mirar, la ropa no se coloca, se arroja, y una de las perneras de un vaquero para el que ya no tienes edad y te aprieta la cintura sobresale por la derecha. Es una maleta tan triste que ni siquiera te importa lo que lleva, porque lo único que queda es el vacío de la desilusión o el desengaño, quizá el de la desesperación. Todo lo que metes en ella irá desapareciendo porque huele demasiado a recuerdos dolorosos. En el bolsillo del fondo los fantasmas que aparecerán meses después, años quizá, en medio del pasillo o un cajón.

Tu octava maleta está perfectamente doblada, con la serenidad del todo pasó y la certeza de la vida continúa. Sabes lo que llevar en ella y lo que dejar atrás, has aprendido, por fin, a cargar solo con lo necesario. Sabe a paz y a reconstrucción, sabe a puente, a camino, a horizonte. En el bolsillo del fondo el libro aquel que siempre te acompañaba en los viajes. Nunca llegarás a comprender por qué dejaste de leerlo ni cómo fuiste capaz de abandonarlo en una estantería. Le pides perdón con lecturas sosegadas.

Tu novena maleta es el resultado de saber seleccionar lo bueno de las anteriores. Lleva las golosinas que te recuerdan cuando eras niño y te siguen encantando, manchas de alcohol y fiestas de tu etapa de recomposición, mucho deseo madurado con las respuestas que te ha ido dando la vida, la ilusión del que sabe que volverá a ser distinto pero con la experiencia del que conoce lo que no quiere cambiar, un vino con el sabor de los años, y la sonrisa de otro beso que ha vuelto a ser el primero. En el bolsillo del fondo, junto al libro, tu alma desdoblada porque un alma no se debe doblar.

Tu décima maleta es, ciclo de la vida, como la primera: no la escoges, ni siquiera te das cuenta de que existe porque, sencillamente, vas dentro de ella. En el bolsillo del fondo tu apuesta por la vida eterna.