Los siperonoes

Un día dejaste de pensar en ella. Ya no creías que el mundo se construyó según caminaba, un día dejaste de profesar el mandamiento de sus diez locuras; renunciaste entonces a encontrarte en su espejo, se te olvidó su todo, ya no alimentaste ninguno de sus caprichos y no volviste a recordar sus modos de hacerte esperar cuando llegaba tarde. Un día dejaste de entender vuestro lenguaje, o, aun peor, necesitaste un traductor; aquel día la besaste y dios no necesitó después un día para descansar. Vuestra canción se hizo de todos o de nadie, los versos necesitaron desde entonces la rima consonante en los pares y vuestra ciudad se llenó de turistas; ese día dejaste de construir catedrales con sus caricias, y no pudiste ya escribir una enciclopedia con sus palabras. Su nombre ya no fue tu Quijote ni su cuerpo tu Biblia.

Ese día fue de noche, pudiste dormir sin soñar, supiste lo que es mucho, pero nunca volviste a conocer lo que es todo, te mojaste sin empaparte, caminaste sin volver a pasear, a paso firme pero sin nunca dar un salto; ese día dijiste con seguridad lo que no eres, sin saber ya lo que eres, a partir de ese día reíste con motivos pero nunca volviste a sonreír sin motivo, y te pusiste triste, pero sin poder derramar una lágrima. Desde aquel día tus besos son de fogueo y tu cinturón un salvavidas. Ese día te convertiste en un siperono. Uno de tantos.

A modo de Ernesto

Está la lucha, esa que agarra un fusil y avanza en la trinchera, esa que alza el puño al cielo para conquistar los adoquines sobre la playa.

Y está la lucha, esa que te levanta cada día al suburbano libro en mano, esa que aguanta y soporta momentos silenciosos y anodinos, ignorancias y vacíos.

Y está la lucha por vos. La más difícil, la que me vence y derrota.

“Le he preguntado a mi sombra”

Para N.

Y quizá no le ha gustado lo que ha visto, porque la era sigue pariendo corazones, nunca ha dejado de hacerlo, a mi alrededor, sin poder más, y le duele la tierra, el barro, le duele el aire que es difícil de respirar, le duele lo que no debería suceder y sucede, la era está gritando en cada calle que no se recorre y se queda sin luz, sin motivos. Grita por los que no tienen voz, por los que no pueden, por los que ni siquiera saben de la lucha en los campos de cristales y moqueta.

Y el cielo debe quemarse, si es preciso, porque al final de este viaje lo que queda es lo que eres, lo que pensabas que eras, lo que quisiste ser, en la plaza, en las tertulias y en los cafés de un barrio que no te reconoce porque te desdibuja un momento vital sin trazas posibles.

No quiero quedar bien cuando canto, de lo posible no se sabe siquiera demasiado y de lo imposible te alejan bandos y propuestas vacías, en medio de aplausos contractuales, yugos del presente.

Debo dejar la casa y el sillón, no sin antes gastar la munición que quede por los que no la tienen, por los que no pueden, por los que lo merecen.

La guerra sigue siendo la paz del futuro.

Fotografía en el portal.

Dejaste la mirada allí, retenida bajo el portal, esperando a que se ella se diera la vuelta. Corría el aire, caía la lluvia fina con sabor de noche nueva, que apenas te calaba en la ilusión, paseaban nocturnos viandantes a paso ligero, como si no quisieran aparecer en la fotografía que protagonizabas.

Seguías mirando, absorto e incrédulo al sentimiento que, de nuevo aparecía absurdo en una noche inesperada. Mirabas con la esperanza eterna del inocente, pausando cada segundo en un intento de finalizar la rotación de la tierra.

Mirabas y mirabas. Miraste. Porque nunca se dió la vuelta para regalarte el beso que tan enorme contexto hubiera merecido.

Al día siguiente todo sería silencio y olvido.