Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

de profundis

Algunas veces, solamente algunas,
y solamente a veces
se ilumina imperceptible un espacio recóndito,
escondido espacio,
donde descansó un instante sin nombre
ilusión momentánea

Y la única forma, exclusiva manera
de reconocerlo
es la sombra que deja, degradada en gris,
cerca de aquel espacio recóndito
sorprendido espacio.

Y eso es lo más triste, degradando a negro:
cuando descubres
que se cansó de descansar, saciado ya
de esperar.
Y solamente quedó, resta únicamente
su sombra
nada momentánea, tirando a eterna

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Cinco ideas y una verdad incómoda sobre el sentimiento de culpa

El sentimiento de culpa es insistente, es como la gota que cae constantemente desde el grifo que no cierra, como la alarma de la mañana que se repite cada cinco minutos aunque la detengas.

El sentimiento de culpa puede aparecer por algo que has hecho. Entonces tiene ese sabor añadido de lo que ya no se puede impedir, tiene modos de trampolín del que has saltado y ya no cabe sino esperar el golpe del agua protegiendo tu cuerpo; tiene aspecto de final de partido, con sensaciones de lástima de cinco minutos.

El sentimiento de culpa puede aparecer también por algo que no has hecho. En ese caso tiene sabor a ansiedad, a impotencia, a invalidez desesperada. Se viste de excusa, de razones, de motivos, todos tan vacíos que no llenan el traje del paso que no se dará.

El sentimiento de culpa no se comparte, se contagia, es una enfermedad de transmisión sentimental que va de un cuerpo a otro en una extraña competición, donde el receptor asume la carga y la acepta como suya incrementándola con sus virus personales.

El sentimiento de culpa es como la energía, no se crea ni se destruye, se va transformando en cada etapa de la vida, se hace carne en distintas personas, fluye entre actos, pero está.

La verdad incómoda: los que nunca tienen el sentimiento de culpa, los que nunca lo sufren, esos que ni siquiera saben qué es, son, evidentemente, los culpables.

El día en que te marchas

Hay un día en que te vas. Te vas de algún sitio, te vas de un trabajo, te vas de casa, te vas de aquella cita, te vas de aquel lugar, te vas de un padre, un matrimonio, una novia o un amigo. Hay un día en el que te marchas. Es ese momento. Hay un día en que lo dejas todo y no miras atrás, o en el que solo decides llevarte lo imprescindible, obligándote a realizar una selección costosamente importante. O peor: puede que el día en el que te vas sea después de muchos otros en los que siempre te estás yendo, abrasándote en un purgatorio que estalla el día más pensado. Y ese día te vas con las heridas que tardarán meses, años en curarse. Te vas dando un portazo o por la puerta de atrás. Te vas después de blasfemar o a la francesa. Pero te vas.

Hay un día en que te vas. Sea como fuere y por lo que fuere todos los días en que te vas tienen dos cosas en común: le ofreces tu mejor espalda a alguien y das un enorme paso adelante.

Los siperonoes

Un día dejaste de pensar en ella. Ya no creías que el mundo se construyó según caminaba, un día dejaste de profesar el mandamiento de sus diez locuras; renunciaste entonces a encontrarte en su espejo, se te olvidó su todo, ya no alimentaste ninguno de sus caprichos y no volviste a recordar sus modos de hacerte esperar cuando llegaba tarde. Un día dejaste de entender vuestro lenguaje, o, aun peor, necesitaste un traductor; aquel día la besaste y dios no necesitó después un día para descansar. Vuestra canción se hizo de todos o de nadie, los versos necesitaron desde entonces la rima consonante en los pares y vuestra ciudad se llenó de turistas; ese día dejaste de construir catedrales con sus caricias, y no pudiste ya escribir una enciclopedia con sus palabras. Su nombre ya no fue tu Quijote ni su cuerpo tu Biblia.

Ese día fue de noche, pudiste dormir sin soñar, supiste lo que es mucho, pero nunca volviste a conocer lo que es todo, te mojaste sin empaparte, caminaste sin volver a pasear, a paso firme pero sin nunca dar un salto; ese día dijiste con seguridad lo que no eres, sin saber ya lo que eres, a partir de ese día reíste con motivos pero nunca volviste a sonreír sin motivo, y te pusiste triste, pero sin poder derramar una lágrima. Desde aquel día tus besos son de fogueo y tu cinturón un salvavidas. Ese día te convertiste en un siperono. Uno de tantos.

La vida en diez maletas

Tu primera maleta no la escoges, ni siquiera te das cuenta de que existe. Se la llevan tus padres contigo a casa desde el hospital y se compone de regalos promocionales de fabricantes de productos infantiles, que si toallitas, que si pañales, vamos, que tu primera maleta es algo así como un muestrario comercial de venta por catálogo.

Tu segunda maleta no la haces tú, la hace tu madre y va llena de preocupaciones, que si va a estar bien, que si no es demasiado pronto, que si va a hacer frío por las noches, que si mujer que va a estar muy bien, ya me hubiera gustado a mí a su edad irme de excursión con el cole. En el bolsillo del fondo guardas las golosinas que están prohibidas con la motivación del que empieza a ser mayor para desobedecer.

Tu tercera maleta es un desastre, porque la haces tú, es la ausencia de simetría y sentido común. La única diferencia con la que vuelve es que la segunda está llena de barro y manchas de las copas que te has tomado con los amigotes en la playa, quizá en el monte, y está llena de ilusiones, canciones, chistes de intelectualidad inexistente y promesas resacosas por no cumplir. En el bolsillo del fondo la botella que te ha tocado llevar en el reparto que os habéis hecho en el súper del barrio por la tarde.

Tu cuarta maleta es una mochila mentirosa, disfrazada de noche de estudio para el complicado examen de mañana, está llena de nervios, ansiedad y meses, años quizá, de prácticas individuales de sexo y muchas, muchísimas dudas de si lo que te han contado es verdad, aderezadas con lamentables comparativas con los protagonistas de las películas que te han enseñado lo que jamás te contarán tus padres. En el bolsillo del fondo preservativos llenos de preguntas y caducidad dudosa.

Tu quinta maleta es grande, te lleva a un piso compartido, quizá cerca de la facultad, quizá en otra ciudad, a veces incluso es emigrante a países con lenguas que aprender. Es una maleta que haces con la emoción del que intuye que volverá otra persona distinta a la que se ha ido. En el bolsillo del fondo ese libro que imaginas te acompañará siempre que viajes.

Tu sexta maleta está llena de vértigos, de sueños, de deseos, y en ella llevas todo lo que tienes, todo lo que eres y todo lo que quieres ser, lleva la etiqueta de un viaje de novios inolvidable, de una decisión tomada y sabe a vino y rosas. En el bolsillo del fondo va tu alma doblada, abrazada a cuatro manos.

Tu séptima maleta no se cierra bien, porque la estás haciendo sin mirar, la ropa no se coloca, se arroja, y una de las perneras de un vaquero para el que ya no tienes edad y te aprieta la cintura sobresale por la derecha. Es una maleta tan triste que ni siquiera te importa lo que lleva, porque lo único que queda es el vacío de la desilusión o el desengaño, quizá el de la desesperación. Todo lo que metes en ella irá desapareciendo porque huele demasiado a recuerdos dolorosos. En el bolsillo del fondo los fantasmas que aparecerán meses después, años quizá, en medio del pasillo o un cajón.

Tu octava maleta está perfectamente doblada, con la serenidad del todo pasó y la certeza de la vida continúa. Sabes lo que llevar en ella y lo que dejar atrás, has aprendido, por fin, a cargar solo con lo necesario. Sabe a paz y a reconstrucción, sabe a puente, a camino, a horizonte. En el bolsillo del fondo el libro aquel que siempre te acompañaba en los viajes. Nunca llegarás a comprender por qué dejaste de leerlo ni cómo fuiste capaz de abandonarlo en una estantería. Le pides perdón con lecturas sosegadas.

Tu novena maleta es el resultado de saber seleccionar lo bueno de las anteriores. Lleva las golosinas que te recuerdan cuando eras niño y te siguen encantando, manchas de alcohol y fiestas de tu etapa de recomposición, mucho deseo madurado con las respuestas que te ha ido dando la vida, la ilusión del que sabe que volverá a ser distinto pero con la experiencia del que conoce lo que no quiere cambiar, un vino con el sabor de los años, y la sonrisa de otro beso que ha vuelto a ser el primero. En el bolsillo del fondo, junto al libro, tu alma desdoblada porque un alma no se debe doblar.

Tu décima maleta es, ciclo de la vida, como la primera: no la escoges, ni siquiera te das cuenta de que existe porque, sencillamente, vas dentro de ella. En el bolsillo del fondo tu apuesta por la vida eterna.

El amor es como el bricolaje

El amor es el gran “hazlo tú mismo” de la humanidad. Tienes un objetivo claro, tienes en tu cabeza el diseño perfecto, el ideal, lo que quieres conseguir. Sabes qué te hará feliz, tal y como lo sueñas, encajarán todos sus lados con los que tú tienes, ni más ni menos: el espacio que necesitas llenar.

Antes de empezar haces un boceto, tirando líneas con forma de expectativa, con la escuadra y el cartabón del que lee poesía o cuentos de final feliz. Y viva el Principito, la boa y su rosa. Los papeles, como los sueños, lo aguantan todo. Ahí está: tu plano, al milímetro. Eres el mejor, qué pena, qué desperdicio, cómo no se me había ocurrido antes, si es que lo tenía que haber hecho tiempo atrás. Tantos años solo. Nunca es tarde. Vamos a ello.

Vas a por los materiales para tu sueño… y empiezan las dudas. Que si mejor con formas pronunciadas, que si mejor con líneas rectas, que es lo que se lleva. A ti siempre te han gustado con curvas, pero las tendencias… ay. Sigues buscando por los pasillos de esa gran tienda que es el mundo y sin comerlo ni beberlo te asaltan esos grandes vendedores que son los amigos. Que lo mejor es que sea duradera, fiable, aunque no tan decorativa, que ya sabes lo que pasa con las cosas que de tan bonitas no hay quien las use, que lo hermoso se rompe antes, que mejor busca alguna que sea para siempre. Que no, que lo mejor es que te guste, aunque dure poco, que cada día que la mires será como el primero, que todo el mundo te envidiará, total, cada temporada renuevas y ya está… Tú eres más de los prácticos, que ya lo dice la canción: “la más guapa y la menos buena”, pero claro, los sentidos son los sentidos… ay. Te armas de valor y llenas el carro de tus brazos con lo que crees que construirá tu mundo perfecto. Vamos. Campeón. Te va a quedar sublime. Y viva Disney.

Y empiezas a construir, día a día, elemento a elemento, pieza a pieza, el paraíso soñado. Vaya: la esquina se sale un poco, bueno, casi no se nota. Vaya, esta pieza no encaja, espera, quizá apretando, no, cómo que no, apretando un poco más, será posible, no va a poder conmigo, un poco mas… Vaya: un enorme agujero en tus sueños. No pasa nada, lo tapamos y nadie se da cuenta, total es cuestión de que no miren cuando vengan a casa a cenar. Vaya: con el peso se está doblando por allí… un poco de contrapeso y ya está, aguantará unos años más, Vaya: se ha hecho una grieta, creo que hay una masilla para eso, a tapar, a tapar, lo importante es que no se note, y no ponemos peso ahí y ya está (recuerdas que optaste por lo práctico, que ya no lo es, y te preguntas si es hora de ver las novedades de la temporada, pero no: es tu sueño, lo has hecho tú y lucharás hasta el final). Vaya: se está cuarteando, habrá que dar otra mano, decapar, reconstruir, cirugía, lo que sea. No te hablaron del mantenimiento, qué cabrones. Y ya no se puede devolver, es lo que tienen los sueños, que vienen sin garantía de devolución.

Y de pronto, un día, sin darte cuenta, vas a casa de un amigo, ese amigo snob que siempre está a la última, y te enseña su sueño prefabricado en serie, que le instalaron los de la agencia matrimonial, a medida, según el formulario. Es perfecta, no cabe duda, elegante pero discreta, con un punto clásico sin obviar lo moderno. Materiales de calidad, sin esquinas, sin rotos, sin decapados. Y es … tan artificial.

Y corres a casa, y abrazas cada una de las piezas destartaladas de tu sueño, y besas sus esquinas torcidas, besas sus grietas y le quitas el peso y le quitas el contrapeso, le quitas todo lo que pusiste con los años de rutina, y lloras de alegría, y relees el boceto con rimas que guardas bajo llave desde que lo dibujaste. Y le pides perdón por olvidar que el amor es como el bricolaje, nos da igual si queda perfecto o como lo planeaste, si es tendencia o sale en un catálogo: lo importante es que es tuyo, que lo hiciste, día a día, elemento a elemento, pieza a pieza y por eso no hay ni habrá nunca otro igual en el mundo. Y viva Neruda y su canción desesperada.

Elogio del que suplica

Sea una tarde como la de hoy la que decida hacer el elogio del que suplica.

Porque suplicar es de débiles, se nos dice, porque si pensamos en suplicar nos conduce a una imagen de persona arrodillada, que a su vez nos lleva a la imagen de una persona que se rinde, ergo que ha perdido. Y eso no se perdona.

Porque se nos enseña que tenemos que ser fuertes, no darnos por vencidos, porque claro que se sabe reconocer al que lleva la cabeza alta con el orgullo del que todo lo hace bien. Porque el si suplicas has terminado, estás acabado, muerto, porque una súplica es el final de una batalla que, como decía, has perdido. Y eso, como decía que decía, no se perdona.

Pues no. No es así, no debería serlo. Deberíamos aprender que una súplica es una petición que se hace con humildad. La humildad del que reconoce que no sabe y necesita de ayuda (otro día el elogio para el que la pide), la humildad del que reconoce que no puede solo y, mejor aun, del que reconoce que solamente le queda hacer eso: suplicar.

Suplicar puede ser el mayor reconocimiento del aprendiz a su maestro, y el primer paso para dejar de necesitar de un maestro. Porque suplicar no es siempre el final de una batalla, sino el principio de otra que ganará la guerra tras esa necesaria derrota.

Porque, y puede que lo más importante, suplicar puede ser la mejor de las victorias contra uno mismo, el sentirse humano, el sentirse nadapoderoso en un mundo que no te premiará por ello, pero que te hará conocerte como ninguna fortaleza probablemente lo haga.

Y porque arrodillarse es también un signo de admiración y reconocimiento de la persona ante quien lo haces. Y si no que se lo digan a quienes pidieron así la mano de la persona a la que adoran.