Los días largos
parecen
una
vida,
cuando en realidad
la vida es
undíafugaz.
"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."
Te haces pequeño al querer ser grande,
te silencias en la evasión del ruido,
te redimes del pecado convencional,
te presupones en posturas ensayadas,
te reescribes sobre borrones sin cuenta nueva,
te intentas sin hacerlo,
y todo es ciclo, fase, periodo, tramo.
Todo en plano secuencia imparable.
Que repasan cientos de historias y que anuncian un quinto que brilla.
Tiempo incontable e infinito para ese retorno anual del acontecimiento más hermoso.
Miraba y me soñaba protagonista de historias de una escalera, otras veces oteaba el tragaluz. No sé si vendrá mi hijo a verme. Siempre vigilaba bohemia ese pasillo con luces amarillentas parpadeantes (ay Manolo, el portero que no las cambia). Nunca supe si a través de la mirilla la vida se soñaba o soñaba la vida. Tengo que salir a comprar las medicinas. En cualquier caso la escalera es el río que va a dar en el portal, que es el morir porque no hay rampa para mi andador.
Se perdieron por el mundo para no perderse el uno al otro. La frugalidad de su fuga convirtió cada momento en el mayor de los lujos, porque lo tenían todo en esa sencillez de lo únicamente necesario.
Les miraron raro. Con incomprensión envidiosa.
Se les sigue esperando en el trabajo.
Si vieron, fugaces, las ideas de un mundo mejor, y alentados por esos sueños mordieron sangre.
Si quisieron, ilusos, cambiar la faz de un rostro anegado de odio inmisericorde.
Si postraron, agotados, sus cansadas voces de tanto gritar frente a las calles oscuras.
Quiénes somos nosotros para no resucitar sus sueños, pidiendo perdón por llegar, probablemente, tarde.
No hace frío en la parada, no hay coches, no hay ruido, no hay mensajes, no llueve, el viento inexiste, no hay publicidad, no se escucha ni el silencio.
No hay cielo ni tierra cuando tú esperas el autobús.
Y se preguntaron por aquellos sauces que nunca dejaron de llorar, o aquellas hojas de otoño que nunca dejaron de caer.
Y se preguntaron por preguntas que nunca se respondieron. Y en esa interminable pregunta consumieron sus cuerpos hasta que fueron cenizas posadas en sauces y hojas de los que otros, que llegaron tarde al domingo, se preguntaron también.
El sauce no tuvo motivos para reír.