Es esa manía que tienes de no existir nunca.
"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."
Cruzaron el umbral de lo prohibido tantas veces que fue rutina
Y fue aburrido.
Y cerraron la puerta.
Se pausa en el adios, se llora en el tren, se grita en cada estación, se lamenta en el destino, se rimará en tu recuerdo y se amará para siempre en cada lágrima.
Lo demás son solamente libros.
Porque a veces sientes que el camino está recorrido y no es el tuyo. Otras desconoces la razón de transitarlo, otras no ves el final. Las menos te entretiene. Las más no entiendes nada.
De pronto no es el camino. Es con quien lo estás caminando.
Solamente tú puedes llenar ese pronombre.
Eres su dueña y reina en propiedad.
Porque tú eres tú.
Todos los demás como mucho llegan a plurales o demostrativos.
Mecer por esa canción que traidoramente te arranca una sonrisa desde el pasado.
Estribillos que fueron. Nostalgias que son.
Y daban igual las cortinas cerradas, las sillas alrededor, las mesas con recuerdos de banquete y platos de postre a medio terminar, los restos de cotillón en el suelo, la sensación pegajosa de los zapatos en el suelo, la bombilla de aquella lámpara que, intermitente, avisaba de una muerte pronta, la pareja de niños jugando bajo la mesa con objetos indefinidos, el anciano dormido sobre su cuello torcido en la mesa de copas, que duermen igualmente sobre un charco de vino, la camarera agotada con ya poco decoro en el apilar sin ganas los platos en la bandeja, chaquetas en sillas que ya no son de nadie. Madrugada de prórroga.
Daba todo igual, porque bailábamos solos bajo la esfera de cristales la canción de nuestra inmortalidad.
La caricia que no diste,
ecos del no intentarlo
siquiera un poco,
miedos que son delitos
en un mundo que ya era cárcel.