Para ti es la noche, es un simple irte a dormir. Para mí es el espacio cielo donde querría estar.
En tus sueños. En tu cama. En tu descanso. En tu día después. En tu día antes.
Para ti es la noche. Para mí es el insomnio.
"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."
Para ti es la noche, es un simple irte a dormir. Para mí es el espacio cielo donde querría estar.
En tus sueños. En tu cama. En tu descanso. En tu día después. En tu día antes.
Para ti es la noche. Para mí es el insomnio.
Eres una escultura viva
cincelada con la sal del mar.
Cuerpo de olas.
Espuma de vida.
Velero soy de pronto naufragio.
Lo sé. No hay otra.
Entre redes sociales llenas de odio
asoma la mirada dulce de un poema.
Una brisa de oxígeno.
Una pausa de caramelo.
Una intención.
Y tú lo lees.
Me basta.
Esa historia de amor que se escribe ahora con viajes en metro, vacío de ti. Esa que nunca llega a sonar como las canciones traidoras que sí te asaltan en medio del paseo. Esa que son sonrisas en miradas bajo mascarillas de lamento de por qué no lo hice antes. Esa que es siempre sobre la cama dormida y nunca llega al sofá de la tarde. Esa que nunca guardó tu teléfono. Esa que tuviste a un poema por lograr y se quedó en proclama. Esa que de tan impaciente se imposibilita. Esa en paréntesis sin visos de cerrarse nunca un sábado. Esa con espacios eternos de noticias que la desfasan. Cada día que pasa nos aleja de tocarnos, siquiera conocernos, siquiera ser.
Estar encerrado
es el desamor del tacto,
el paraguas de dos innecesario,
ver a quien se parece a ti
pero no eres.
Estar encerrado
es el volver al poema
como refugio eterno
#diadelapoesia
Un día dejaste de pensar en ella. Ya no creías que el mundo se construyó según caminaba, un día dejaste de profesar el mandamiento de sus diez locuras; renunciaste entonces a encontrarte en su espejo, se te olvidó su todo, ya no alimentaste ninguno de sus caprichos y no volviste a recordar sus modos de hacerte esperar cuando llegaba tarde. Un día dejaste de entender vuestro lenguaje, o, aun peor, necesitaste un traductor; aquel día la besaste y dios no necesitó después un día para descansar. Vuestra canción se hizo de todos o de nadie, los versos necesitaron desde entonces la rima consonante en los pares y vuestra ciudad se llenó de turistas; ese día dejaste de construir catedrales con sus caricias, y no pudiste ya escribir una enciclopedia con sus palabras. Su nombre ya no fue tu Quijote ni su cuerpo tu Biblia.
Ese día fue de noche, pudiste dormir sin soñar, supiste lo que es mucho, pero nunca volviste a conocer lo que es todo, te mojaste sin empaparte, caminaste sin volver a pasear, a paso firme pero sin nunca dar un salto; ese día dijiste con seguridad lo que no eres, sin saber ya lo que eres, a partir de ese día reíste con motivos pero nunca volviste a sonreír sin motivo, y te pusiste triste, pero sin poder derramar una lágrima. Desde aquel día tus besos son de fogueo y tu cinturón un salvavidas. Ese día te convertiste en un siperono. Uno de tantos.