No hay etapas en una sola vida. Hay vidas enteras en una sola etapa.
"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."
Es el sonido de un despertador en medio de un beso soñado, o la pisada en una arena que no se acompaña ya de ninguna otra.
El dolor sabe a carta sin abrir, a buzón de voz, a silencio. Es algo curioso que el dolor sea una posibilidad futura cuando te lanzas a ser feliz. A intentarlo. El dolor te mira, a lo lejos, con su sonrisa torcida de una edad ya demasiado eterna, y espera verte fracasar. No tiene la culpa, se alimenta de resignaciones y no puedo.
El dolor se alimenta de tu peor tú, de ese que llora y luego busca motivos, de ese que no lucha donde otros ya lucharon, de ese que piensa que si otros no lo hicieron yo tampoco. El dolor sabe a mala suerte en las cartas, aunque fuiste tú quien se equivocó al elegir con cuáles te quedabas. Pero prefieres no darte cuenta. Es más fácil que sea la suerte. Ya.
El dolor juega al ajedrez pero convierte reinas en peones, derrumba torres de ilusión. Hace que no sepas qué mover ni hacia dónde.
El dolor huele a tierra húmeda de lágrimas sin fin. Riega sus campos con tus miserias. No con las suyas.
Porque el dolor es muy listo.
Conoce tu mejor tú, ese que le vence, que mueve el caballo sobre las torres caídas, que tiene un as en la manga para el último momento, que vuelve a llamar antes que dejar un mensaje, que lucha, que gana y es feliz porque no admite otra posibilidad y que lanza el despertador por la ventana y sigue besando como si fuera la primera vez.
Tienen distinta intensidad según su color. Te hace ilusión cuando llegan a casa y no se compran en grandes superficies. En ellas solo imitaciones que no son lo mismo ni saben igual.
No pongas las cosas en su sitio, no lo tienen
No coloques a cada uno en su lugar, no existe
No hagas que sea como antes, o será igual que antes
No digas siempre lo mismo, ya lo hemos oído
No hagas lo que todos esperan de ti, haz más
No te bajes en la parada de siempre, espera a la siguiente
No escuches las mismas aburridas noticias, ponte música
No des las mismas aburridas noticias, cántanos
No seas siempre tú mismo, sorprende al espejo
No cometas los mismos errores, comete otros muchos nuevos
No sigas la senda conocida, sáltate las indicaciones
No tengas siempre los mismos teléfonos, añade el suyo.
No desees lo bueno a los que quieres, deséales lo extraordinario
Y atrévete a que sea nuevo. El año, por ejemplo.
Me encantaría tomar ese café
Aun sin siquiera saber cómo te gusta.
Pasear por ese parque
Aun sabiendo que todavía no es nuestro.
Colocar los libros
Que no hemos comprado
Pasear las tardes
Que no han tenido aun amanecer.
Me gustaría pensar que
Por qué no hubo un tal vez.
No lo tengas, no lo creas, no compres los miedos de otros, no le pongas los de quienes tienen pavor por aburrimiento, por rutinas, porque hace tiempo se durmieron, porque tú no eres así todavía, porque no quieres serlo. Si te dicen yo no sé si me atrevería, atrévete, si te cuentan que es algo que no sé si al final te va a salir bien, pregúntate si tú crees que va a salir bien, y si la respuesta es sí, hazlo, y si la respuesta es no, mide si son sus miedos los que no te dan la respuesta correcta. Da el paso que otros no dieron, avanza, porque las más de las veces los que ahora te dicen que no lo hagas te verán al final del camino levantando la mano en señal de victoria. Los peores te dirán que a ver cuánto te dura, la mayoría te dirá que se siempre te apoyaron y los verdaderos amigos reconocerán que, una vez más, les has sorprendido y se alegrarán de que no les hicieras caso.
Deja que recorra el cansancio de tus ojos,
heridos de tanto llorar
y coloque sobre ellos el beso del descanso
merecido, justo.
Deja que aplaque tus labios que gritan,
lamentos de tanta razón
y coloque sobre ellos mis ojos que admiran
fijos, siempre.
Deja que silencie tu ira infinita,
colmada de motivos
y coloque sobre ella el amor que tienta
seguro, oportuno.
Y si no te dejas
cambia tus ojos, labios, ira
por los míos
hasta que tú escribas este poema para mí.
Las más de las veces llegas a la conclusión de que encontrarte con la felicidad cara a cara es algo que le sucede a otros, porque las más de las veces es verdad. Te hablan de actitud, de predisposición, de estar atento. Si hasta yo lo hago, no lo voy a negar. Pero seamos francos, eso de la predisposición y la atención no sirve de mucho. No preguntes por qué.
Yo creo que hay alguien repartiendo momentos de felicidad pero pienso que no lo tiene demasiado claro. Es posible que sea un tipo como tú o como yo (léase tipo en un genérico asexuado) al que un día le cayó la tarea del reparto. Supongo que la aceptaría pensando aquello de prevaricar y guardarse en maletines particulares momentos como un desayuno en la cama o un beso en la parada del autobús.
Pero hasta lo de repartir felicidad se convierte en una rutina, total, es para otros, total, no lo saben aprovechar, total. A veces el tipo seguramente ni mira a quién le da la felicidad, y es cuando sucede que te llega esa notita a destiempo bajo el teclado del ordenador de la oficina, cuando se acerca ese chico a decirte algo y estás demasiado ocupada, o cuando, tantas veces, es el lugar adecuado, la persona adecuada pero el momento más inadecuado de todos.
Vamos a ver, que no seré yo quien juzgue ni me meta con el tipo en cuestión, insisto, no le envidio demasiado la tarea, pensadlo bien una vez más. En plan hoy tienes que dar un abrazo en la escalera, una despedida pasional en el portal y un mensaje en el móvil con iconos de corazón. Vale. Ahora ponte a buscar quién lo necesita más. ¿Acaso no lo necesitamos todos?
Pobre, es verdad. Después de pensarlo bien mejor no me quejo, que tampoco es culpa suya. A ver si un día tiene a bien y acierta con nosotros.