Y al final quedó todo aquello que no se dijo. Flotando en un globo que espera su cordel para atártelo a la muñeca.
"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."
Y al final quedó todo aquello que no se dijo. Flotando en un globo que espera su cordel para atártelo a la muñeca.
– Tiene usted el corazón delicado
– ¿Qué hago doctor?
– Reduzca el ejercicio, el estrés del trabajo, la poesía y no la mire tanto.
te das cuenta de que las mejores palabras están en los huecos de sus dedos, esperando a ser pronunciadas.
Porque
no hubo noche
No hubo calma
No hubo prisa
No hubo pena
No hubo intentos
No hubo pruebas
No hubo preguntas
No hubo miedo
No hubo no
No hubo imposible
No hubo no quiero
No hubo no debo
No hubo final
No hubo principio
No hubo razones
No hubo no haber
Solo tú. Y mi yo contigo.
– Buenos días ¿tiene recuerdos?
– Sí, me acaban de llegar. ¿Cómo los quiere?
– De instantes y felicidad
– Muy bien. ¿Algo más?
– No. Solo eso. Envuélvamelos que son para un regalo.
Para que encajen algunas piezas tienes que darles la vuelta, una y otra vez, cuando pasa el tiempo descubres incluso la forma de girarlas casi intuitivamente. Hay piezas que encajan mejor entre ellas y otras que son difíciles de colocar. A veces dejas el espacio perfecto para una y resulta que nunca llega y vas amontonando las que llegan en una esquina sin perder la esperanza, eso sí, cuanto más esperas más se acerca el perder la partida. Resulta verdaderamente angustioso. Al principio va despacio, lo tienes todo controlado y si te equivocas no pasa nada porque pronto lo puedes solucionar y en seguida todo vuelve a su ser, pero a medida que pasa el tiempo va todo más deprisa, te da la sensación de que las piezas pasan y llegan desamiado rápido, y no te da tiempo a acomodarlas como desearías ni a dedicarles el tiempo que se merecen. En la vida como en el tetris hay bloques cuadrados que no encajan con nadie y solo sirven para hacer bulto, y hay bloques con múltiples entrandas y salidas, hechos especialmente para encajar en los momentos más delicados con quien sea necesario. La vida es como un tetris lleno de personas, unas azules, otras rojas, pero todas construyen filas y filas que van desapareciendo en un pasado que no puedes recuperar.
Bajas por la calle donde jugabas al rescate. Tus pies envueltos en zapatos de marca no podrían subirla dos veces seguidas ya y tu sombra es más esférica que alargada. Te aprietan las puntas de los dedos, te duelen las rodillas. Ya no eres un chaval. Miras a los lados y recuerdas la ventana de la chica que siempre te gustó, y a la que nunca te acercaste en años, aterrado por los rechazos acumulados con test de usuario en otras chicas menos importantes. Intentas imaginar que sigue allí, retocándose el largo cabello negro para ir por el pan. Ya no comes pan, si acaso bimbo, y cuando te acuerdas de comprarlo. Ya no eres un chaval. En aquella escalera te sentabas a verla pasar, disimulando lo indisimulable con algún libro que nunca acabaste. Hoy lees por la noche, porque nadie va a pasar a enganchar tu mirada. Los terminas todos, aun los que no te gustan. Ya no eres un chaval. En aquel portal tuviste que esconderte cuando se acercaba, mostrando sus rodillas al elevarse la falda del colegio siempre lo justo para desbordarte imaginándola en tu cuarto. Aun recuerdas su colonia, sin nombre, que te emborrachó una semana de sueños de descapotable y baile de instituto. Hoy puedes poner un nombre de mujer a cada perfume. Pero no sueñas con ninguna. Ya no eres un chaval. Solías recostarte en el recodo de aquel árbol, fumando tus primeros cigarros sin tragarte el humo, pensando en el día que le pedirías casarte como un hombre, con seguridad, con la fortaleza del que ya no teme por nada. Ella te diría que sí, y ese beso formaría parte de una película de sesión contínua. Miras tus manos. Aun se nota la marca del anillo. Lo tiraste al mar después de que te dejara. Ya no eres un chaval.
De pronto te ves enmarañado entre todas las cosas que estás haciendo cada día y las que tienes que hacer. Miras con perspectiva en ambos sentidos y te llega. Yo lo denomino ataque de nada. A veces es corto, son esos momentos en los que te quedas mirando al vacío, sin pensar realmente en nada, convirtiendo en eco lejano la conversación que te enfrenta o la música, o incluso la propia circulación de la vida. Otras veces se presenta en plena noche, con un medio sueño entre dos páginas de un libro que no llegas a terminar porque acompaña tu mesita de noche y siempre espera a que le hagas más caso la próxima vez.
Los ataques de nada no tienen sentido, ni hay que buscárselo. Vienen sin demasiadas ganas de quedarse porque si se extendieran demasiado dejarían de ser nada para ser otra cosa, ahora poco irrelevante.
Durante un ataque de nada, el vacío no se contempla con vértigo, ni el silencio es incómodo, en realidad mientras estás teniendo un ataque de nada no sufres, no sientes, te limitas a detener tu tiempo para que sea el de los demás el que transcurra a su albur. Y esa detención, como digo, instantánea, carece para ti de conciencia. Podríamos decir que durante un ataque de nada estás más cerca de la felicidad que en un momento lleno de ruido, pensamientos tristes, trabajo agotador o riñas de enamorados. Mucha gente busca mediante sustancias varias llegar a tener un ataque de nada, pero no lo confundas, no son exactamente eso. Los ataques de nada nunca son provocados ni llegan cuando quieres. Se presentan sin más, sin previo aviso. Aunque no hemos de menospreciar diversos elementos a la hora de intentar comprenderlos:
Cualquier interpretación de un ataque de nada es compleja y lleva al absurdo.
Cualquier intento de evitarlos lleva a la desesperación, al infierno sartriano del otro o al estrés descontrolado.
Los momentos de insomnio son perfectos para intercalar, con el párpado absurdo, ataques de nada e instantes frente al ordenador.
Cualquiera que ha tenido un ataque de nada sabe exactamente a lo que me refiero.
La muerte no es más que un ataque de nada que se alarga eternamente.
Colócate aquí, sí,
justo donde nace mi futuro.
Acomódate, sí,
porque espero que te quedes.
Reposa tu mano, sí,
esa que ya no será solo tuya.
Descansa tu lengua, sí,
justo donde empieza su cielo.
Olvida tus guerras, sí,
las hemos vencido todas.
Limpia tu barro, sí,
ese que nunca volverá.
Hazme renacer, sí,
lejos del dolor de la muerte.
porque, insisto,
espero que te quedes.