Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

  • Semana Tercera

    La vida de aquel hombre no cambió en exceso cuando supo que sobre su tierno cuerpo de lechón se reencarnaría la esencia misma del mal. Es más, sintió que la calamidad absoluta dentro de su cuerpo lograría hacer de su existencia algo más de lo que era en sí: rutinarios paseos por los parques cercanos a su casa, lectura de libros históricos, comidas frugales en el restaurante de siempre.

    La vida de los hombres se podría resumir en tres líneas y quizá nos entrara un punto y aparte. Esto pensaba aquel hombre sin menosprecio de su vida, pero con cierta desazón. En el fondo, como casi todos, estaba acostumbrado a ser así. Ahora, sin embargo, y ciertamente contrariado por la noticia, se inquietaba pensando cómo sería su lado oscuro, el paraje desconocido de su alma que albergaría las heces de la humanidad. No lo negaba: se sentía atraído poderosamente por aquel incipiente suceso.

    Pasó el lunes, pasó el martes, y se sucedieron los paseos por los parques y las comidas en el restaurante de siempre: semana primera. Pasó otro lunes y otro martes y continuaron las lecturas de libros históricos: semana segunda.

    Ciertamente afligido, aquel hombre pensó seriamente que le habían engañado, que el mal no vendría nunca a buscarle, con lo que decidió presentarse en su casa. La casa del mal tampoco era para tanto, alguna furcia, un par de efebos castrados haciendo felaciones, fuego por todas partes y, de vez en cuando alguna canción de un disco de Mecano reproducido al revés.

    Después de haber bebido una buena dosis de perversión, practicó el sexo con un par de jirafas, dos tragos de sadismo le llevaron a desollar a uno de los efebos, y ciertas maneras de odio le convidaron a despreciar incluso al maestresala que, todo sea dicho, tampoco era para tanto.

    Ahora aquel hombre sigue paseando, leyendo y comiendo como siempre, pero se siente mucho mejor. Empieza a ser feliz. Su vida, se decía ahora, necesitaría al menos las líneas del párrafo anterior.

    Creo, además, que tiene muchos más amigos.

  • – Buenos días
    – Buenos días, usted dirá
    – Vengo a pedir una hipoteca
    – Pues está la cosa…
    – Ya, quiero hipotecar un sueño
    – Como todo el mundo
    – Pero verá, es que yo creo que aun no han perdido valor
    – Ya, ya, eso dicen todos, mire usted.
    – Déjeme explicarle
    – Antes de que siga, mire usted, déjeme explicarle primero a mí. Antes sí, antes sí que eran buenos tiempos, todo el mundo tenía alguno, grande o pequeño, pero lo tenía, mire usted. Pero ahora… ahora hay demasiados sueños sin cumplir, que sí, que no digo yo que no valgan, pero me dirá dónde metemos los sueños sin cumplir. Algunos… pues bueno, tienen algo que rascar, pero la mayoría, mire usted, ya no valen ni para ilusionarse un poco.
    – … bueno, el mío…
    – No he terminado. ¿Y todos esos sueños que están vacíos, abandonados? O aun peor, ya me dirá qué quiere que hagamos aquí con los que se han ocupado, sí, ocupados por personas que no han dormido en su vida y que por la cara bonita se los han quedado, y no me hable usted de la ley, mire usted, que primero hay que demostrar que el sueño fue una vez de alguien, y luego está el despertarles. ¿Ha visto alguna vez cómo es eso? Pues se lo diré yo, muy desagradable, mire usted, que hay que darle mucho a la realidad para que sirva de algo. La gente ya no sabe qué hacer, ahora se está poniendo de moda compartirlos, como si con eso se arreglara el asunto, pues no, mire usted, porque al final ni es de unos ni de otros, y luego viene que si no era lo que habíamos soñado, que si yo creía que era otra cosa… pues no, señores, si se tiene un sueño pues se tiene y punto, y si tienes que renunciar a otras cosas, pues renuncias, pero claro, hoy en día nadie quiere soñar así, lo quieren cumplido, ¿se imagina? ¿Se imagina a nuestros padres cumpliendo sus sueños? Pues no, ahí están los pobres ahora, dejándose el alma para que sus hijos tengan los sueños que no tuvieron, mire usted.
    – Entonces… está la cosa mal.
    – ¿Mal? No mal, muy mal, que lo que ha habido aquí es mucho especulador, llenando las cabezas de falsos sueños… que no eran ná, mire usted, puro humo. Pero cuando las cosas pintan mal, ya sabe, la gente se agarra a cualquier cosa, aun sin convicción. Ya nada es lo que era, como cuando los sueños se trabajaban con las manos, con el sudor de la frente. Y hasta que no se conseguía pues dale, erre que erre, que no había jornal suficiente, mire usted. Eso sí. Daba igual que fuera pequeñito y con poca luz, tenía usted que ver la cara de satisfacción que daba un sueño cumplido.
    – Puedo presentar otro sueño como aval…
    – Que no se entera, mire usted. Que lo que nos sobran son sueños, que no sabemos qué hacer con ellos, que se lo he dicho ya, que ahora lo que queremos es quitárnoslos de encima, que lo único que nos hacen es perder tiempo y mucho dolor de cabeza, que ni descansar podemos, oiga. Ayer sin ir más lejos me dejaron otro, lo tengo en el cajón ¿quiere verlo?
    – No, deje, me lo creo.
    – Para otras cosas puede que no tanto, pero son malos tiempos para soñar, mire usted
    – Lo son, ya veo.

  • Ya no tengo edad

    Imagina por un momento que te dan la oportunidad de quedar contigo mismo. Pero con un contigo del futuro. Imagina ahora que estás sentado en un parque, en una mañana soleada, con aire fresco y a tu lado te sientas tú. Pero eres un tú con muchos años más. Vale, es un poco borgiano, pero imagina que tu yo del presente puede escuchar a tu yo del futuro.

    Imagina entonces que descubres que has cambiado, y has cambiado mucho. Te oyes decir que estás de vuelta de todo. Estás constantemente triste por cualquier excusa a la que te aferras sólidamente. Hablas mal del gobierno, de los partidos políticos, te dices, en definitiva, que ya no tienes ideales, que hubo un tiempo en que sí, pero que la vida te ha enseñado que todo es mentira. Te dices con vehemencia que no mereció la pena trabajar tanto, tantas horas, restándote tiempo para lo que te apetecía para luego nada. Te cuentas cómo fuiste perdiendo a tus amigos porque dejasteis de veros, porque sin entenderlo del todo hubo una época en la que ya cada uno fue por su cuenta, que pasasteis de veros en todas las fiestas a veros en los pocos momentos que hubo para solo cruzar frases enciclopédicas de la ocasión.

    Imagina que te dices que ya te da igual que el día esté soleado, con aire fresco o sin él, porque ya no sueles viajar. Imagina que te dices cómo de una forma abrumadora dejaste de hacer esas pequeñas cosas que te gustaban, porque pasaste con ellas de la pereza al olvido, para terminar en nostalgia por lo que recuerdas te hacía sonreír. Te cuentas con media sonrisa que ya nunca haces esas tonterías delante de todo el mundo, que ya no te subes en los bancos del parque, que ya no cantas por las noches en las calles, que ya no bailas sin pudor aunque no sepas, que ya no juegas con muñecos, que nunca te disfrazas, que hace mucho tiempo que no le dices a quien te gusta y no lo sabe que te gusta y no lo sabe. Te dices, ya sin sonrisa ninguna, que dejaste de hacer casi todo por una ley conocida como el ya no tengo edad.

    Imagina por un momento que te dan la oportunidad de quedar contigo mismo. Imagina que estás de acuerdo contigo mismo. Imagina que, en realidad, estás solo en un banco del parque.

  • Fue decírmelo

    Y los pájaros empezaron a toser por la polución, los árboles se convirtieron en los postes de la luz, las flores en cigarrillos consumidos con historias a medio contar. Me lo dijo y la brisa fue de pronto humo abortado desde tubos de escape. Fue decírmelo y salir las nubes, hacerse de noche sin recuerdos de que hubo sol. Me lo dijo y el castillo mutó en sucursal bancaria con triste oferta de tostadora, el estandarte en cartel de se vende sin razón ni aquí ni allí. Fue decírmelo y dejar de ser el príncipe del cuento.

    2º premio de microrrelato, AMOR CANALLA. Cadena Ser Norte.

  • Querida mía:

    Tengo la sensación, no: tengo la certeza de que si no existieras sería feliz, feliz por la ignorancia que me inundaría en un mar de calma y de paz. Sé que si te desconociera pasearía por las calles del barrio y seguirían siendo las calles del barrio. Lo sé. Como estoy seguro, también, de que si nunca hubieras entrado en el bar ahora estaría escribiendo, quizá un cuento, quizá un poema, pero nunca una carta de amor.

    Pero entraste. Aquella mañana la vida se metió en tu cuerpo y decidió repartirse por el mundo. Y dejaste a cada paso cadáveres de envidia y caballeros dispuestos a morir por ti. Vale, es un bar del barrio, vale, es donde voy cada mañana desde hace años a tomar mi café y escribir unos folios. Pero aquel día entraste, entraste y el bar dejó de serlo, y yo dejé de escribir unos folios, y fue entonces cuando empecé esta carta de amor, esta carta que no es un cuento ni un poema, esta carta que escribo todas las mañanas deseando que vuelvas a entrar en nuestro bar porque, ¿sabes? Ya no es mío, ya no es cualquier bar, amor. Es nuestro bar, ese en el que desde hace años nos tomamos juntos los cafés y me pides que escriba tus sueños. Las cuartillas se llenan de planos de nuestra nueva casa, esa con jardín que tanto te gusta para que las amapolas silben tu nombre. Es en esta mesa donde aquel día me dijiste que no tenía valor para amarte toda la vida. Y en ese mismo momento te entregué mi respiración, para que hicieras con ella lo que te diera la gana. Y es en esta mesa donde años más tarde viniste llorando porque creías que no me hacías feliz, y creí entonces morirme de pena, porque si no había sabido transmitirte todo lo que me das es que soy un imbécil, un ser inmundo que no te merecía. Aquel día, lo recuerdo bien, nos amamos hasta el dolor.

    Entraste aquella mañana y dejé todo lo que entendía como normal aparcado en el cajón de la entrada, ese pequeño y desgastado donde desde entonces dejamos las llaves cuando volvemos de trabajar para entregarnos al deseo. Y ese deseo es insoportable cuando imagino que vuelves a cruzar el umbral de la puerta que se cae de vieja, esa que bajo un cartel de refrescos me invita todos los días a entrar, a tomar un café y a escribir unos folios. Esa puerta que un día cruzamos para contarles a todos que nos íbamos a casar, y que queríamos que todos los que en ese momento estaban desayunando vinieran a nuestra boda, porque pensábamos que las cuatro paredes, llenas de pizarras roídas con menús, raciones y ofertas escritas a tiza con faltas de ortografía, habían sido testigos de nuestro amor desde aquella mañana en la que entraste.

    Porque ahora, más viejo, más cansado y más inocente que nunca, sigo tomándome el café cada día mientras Paco el camarero (¿te acuerdas de Paco, que puso nuestra foto en la pared? Sigue ahí, cariño, y sigues pareciéndome una mujer preciosa)… desvarío, me hago mayor. Te decía que ahora sigo escribiéndote mientras Paco me sonríe con el palillo entre los labios, con su barba a medio afeitar y su delantal más de grasa que de sabor. A veces se ríe y le gusta meterse conmigo, y me dice que deje ya esos papelajos, que ya está bien de pensar en alguien que no existe; pero en el fondo sé que me quiere, y que siempre envidiará el día que me pediste el café por primera vez y, mientras me lo llevabas a la mesa contorneando tu escultura, miraste a todos con gesto de posesión y dominio. Y sé que en algún rincón de su corazón, como en el de todos los que vienen a este bar cada mañana, también te adora y tampoco te puede olvidar. Pero solo yo tuve la suerte de ser tuyo (¿te das cuenta lo afortunado que me hiciste?), eternamente tuyo, solo yo sigo escribiendo todos los días mi carta de amor, que no es ni cuento ni poesía, es mi infinita forma de decirte, lo sé, que exististe, existes y volverás a cruzar la puerta de nuestro bar para llevarme contigo, abrazados y sonrientes, para nunca volver.

    Te espero, aquí, donde siempre.

    Te quiero, así, como siempre.

  • Sabes

    A invasión de recuerdos,
    agolpados, empujándose unos a otros,
    solicitando atención
    reclamando audiencia desconsoladamente.

    A vacío indispensable pero absurdo,
    frecuentado por moribundos fantasmas repetidos,
    cadenas bajo sábanas
    golpeando estanterías sin fotografías ya.

    A paz con ambulancias,
    amaneceres nublados con vientos racheados,
    tranquilidad de cementerio
    de lápidas con letras de canción.

    A penas de chocolate,
    licuado con las lágrimas que no existen,
    alegrías de cicuta
    que de tan repetidas son viejas ya.

    A nada y a todo.

  • Hoy cuando volvía del trabajo a esperar por si me necesitaban he pensado
    ¿por qué no detenemos el coche delante de una parada de autobus repleta de gente y nos ofrecemos a llevar a alguien?

    y como soy de natural retorcido y palindrómico, he seguido pensando…
    ¿por que tenemos siempre que demostrar que somos estupendos cuando no lo somos siempre?
    ¿por qué necesitamos falsear los sentimientos para acostarnos con alguien?
    ¿por qué necesitamos acostarnos con alguien para demostrar los sentimientos?
    ¿por qué se supone que los hombres tenemos que arriesgar?
    ¿por qué las mujeres tienen que esperar a que arriesguemos?
    ¿por qué mentimos antes que callamos?
    ¿por qué nunca decimos lo que deseamos?
    ¿por qué siempre deseamos el lado equivocado?
    ¿por qué esperamos sin saber a qué?
    ¿por qué corremos sin saber hacia donde?
    ¿por qué quedamos a comer cuando queremos quedar a cenar?
    ¿por qué quedamos a cenar cuando queremos desayunar?
    ¿por qué en el fondo nos gusta?
    ¿por qué sin embargo no nos gusta llegar hasta el fondo?
    ¿por qué tenemos que ser unas máquinas imparables en la cama?
    ¿por qué no quieren ser unas putas con sus amantes?
    ¿por qué todo el mundo se ofrece a ayudar?
    ¿por qué nunca pedimos ayuda?
    ¿por qué lo que dura para siempre es lo mejor?
    ¿por qué lo mejor dura siempre tan poco?
    ¿por qué hay que estar ahí, en el momento adecuado?

    ¿dónde coño está ahi?

    ¿cual, por dios, es el momento adecuado?

  • aqui

    Te noto,aquí,
    donde el costado
    limita lugares
    donde has estado.

    Te huelo, aqui,
    donde estuviste
    todas las noches
    en que viniste.

    Te escucho, aqui,
    en la gotera pesada
    que nunca detiene
    la ausencia dejada.

    Estabas, aquí,
    donde mi cuerpo
    reposa, cansado ya
    de esperarte, muerto.

  • Para qué si no

    Le hubiera gustado que fuera de otro modo. Murió insatisfecho.
    Buscó el momento adecuado. Murió esperando.
    Buscaba a la mujer perfecta para él. Murió solo.
    No se atrevió a decirlo. Murió mudo.
    Tenía la esperanza puesta allá. Murió aqui.
    Pensó que era la mejor manera. Murió equivocado.
    Aguardó a que la vida viniera. Murió.

  • es entonces

    Cuando la realidad y el deseo se oponen,
    cuando el sueño no es interminable,
    cuando todo no es,
    cuando no se puede,
    cuando los peros vencen a los para,
    cuando los párpados apagan la luz,
    cuando la cabeza se interpone al corazón,
    cuando tal vez es casi nunca,
    cuando esto es eso y eso aquello,
    cuando ya no es ya,
    cuando las preguntas son las mismas,
    cuando la elección está tomada…