Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

  •  

    Para vivir un año es necesario

    morirse muchas veces mucho.

    Ángel González.

    Dicen que tenía en una caja todo aquello que apreciaba rozando la locura, todo su conocimiento, todas sus vivencias. Dicen que la guardaba, cuidadosamente, para que nadie la encontrara, por ser su mayor tesoro.

    Siempre andaba hablando de aquella caja y todo lo que ocultaba, lo que había dentro, lo que iba acumulando con los años.

    Con el paso del tiempo, todo el mundo quería conocer su interior, curiosos, inquietos. Todos pensaban que si la tuvieran podrían tener todas esas vivencias, todo ese conocimiento. Pero jamás les dejó acercarse.

    Cuando murió corrieron a abrirla, ansiosos por sentir en persona y poder tocar todas esas cosas que siempre habían escuchado de su boca. Por fin.

    Se encontraron un papel en el que había escrita una palabra: vosotros.

  • Uno sin despertador,
    sin frío ni lluvia,
    sin lágrimas ni penas,
    sin dolor ni enfados,

    sin preguntas ni dudas,
    sin olvidos ni pasados,
    sin horas ni horarios,
    sin repeticiones ni vueltas,

    sin expectativas ni agendas
    sin esperas ni desesperanzas,
    sin prórrogas ni finales,
    sin nunca ni adios.

    Y tú, a cambio, lo pasas conmigo.

  • No quiero que seas perfecta, siempre sonriente, siempre elegante, siempre feliz. No quiero que seas la que siempre está encantada de la luz del día o de la noche. No te quiero regresando a casa cantando todos los días de nuestra vida, ni quiero que nunca te quejes de lo que te ha pasado en el trabajo. No quiero que todos los libros te gusten, ni quiero que siempre salgas del cine con cara embelesada y ñoña. No me gustaría que todos mis amigos te cayeran bien, ni que mis historias te parezcan siempre divertidas. No quiero que estés deseando ser la madre de nuestra familia feliz. No deseo que siempre quieras hacerlo, a cada momento, en cada instante. No quiero gustarte solo yo, ni ser el único en quien te fijas.

    No quiero que seas lo que las películas dicen que tienes que ser, porque así no existes, y si realmente existes, serías todo lo que yo no soy, y lo nuestro no duraría por lo obvio.

    Por eso quiero que protagonices una historia completamente imperfecta conmigo, con días horribles en el trabajo donde solo quieres ver programas inanes en la televisión, quiero que dejes un libro a la mitad porque es absurdo, o porque nadie dijo que te gustara la poesía, quiero que hagamos pactos para ir cada vez a la película que elige el otro, quiero que reconozcas que ese amigo no te cae del todo bien, o incluso mal, pero aceptas que por una razón inexplicable necesite salir con él de vez en cuando, quiero que me escuches deseando que termine la historia aburrida sacrificando el gesto para no bostezar, quiero que algún día me reconozcas que prefieres dormir, o sencillamente un abrazo, y que se te vayan los ojos cuando pasa a nuestro lado un hombre espectacular, aunque luego me aprietes la mano para disimular.

    Quiero que seas lo que las películas no nos dijeron, porque así serás real, porque así habrá alguna posibilidad de que lleguemos a ser.

  • Me falta esa hora

    Me falta una hora.

    Es la hora en la que apareces bajo la lluvia con un paraguas amarillo y terminamos en un café dándonos un beso interminable. Me falta la hora en la que espero nervioso en algún portal a que te decidas a aparecer, después de probarte todos los vestidos con los que piensas que caeré rendido en nuestra primera cita. Me falta esa hora en la que tomamos un vino después de confirmar que hemos cambiado el mundo y lo hemos dejado mejor. Dónde va a parar. La hora en la que te leo hasta que duermes pensando en que no me estoy dando cuenta ni veo cómo caen tus párpados perfectos. Es la hora en la que regresas de un viaje de trabajo y solo tienes tiempo para tirar tu maleta al suelo y demostrarme que tampoco soportas la distancia absurda que nos imponen.

    Me falta esa hora en la que estamos buscando aparcamiento para cenar con los amigos, haciendo apuestas por la noticia que uno de ellos dice que nos tiene que contar. Me falta esa hora en la que nos decidimos a viajar a aquel lugar que será siempre nuestro y de nadie más. Me falta esa hora en la que me pongo una y otra vez nuestra canción en el móvil para tenerte a mi lado entre la cotidianidad de nuestras rutinas. Me falta esa hora en la que no dejamos de enviarnos mensajes de por fin estaremos juntos para siempre. Me falta esa hora en la que tenemos la suerte de marcharnos de este mundo a la vez, porque no podría ser de otra manera.

    Me falta solo una hora. Y me sobran todas las demás.

  • Quiero que la felicidad te conozca, te abrace y envuelva hasta casi asfixiarte, que te posea, te domine, quiero que seas suya sin límites, entregada, toda tú. Quiero que los besos se conviertan en pesados compañeros que no entiendes cómo están siempre ahí. Pegados, adosados a tus lugares preferidos, adheridos también a lugares que desconocías. Quiero que conozcas los abrazos, los de verdad, fuertes, protectores, dulces, mimosos. Segunda piel, segundo abrigo.

    Quiero que dejes de ser lo que eres sin ellos, quiero presentártelos, un día, de forma educada. Quiero que formen parte de tu vida, tanto que acaben por ser tu vida misma. Tanto que ya no reconozcamos quién es quien. Besos, abrazos, felicidad, tú.

    Luego ya si quieres, después, me lo agradeces y los compartes conmigo.

  • Tengo que salir de • aquí.
    Así empieza.
    Bueno en realidad antes, la verdad es que empieza cuando te descubres {dentro} de algo.
    Si no, de dónde ibas tú a querer salir.
    Alma de cántaro.
    Lo descubres. Que estás {dentro}.
    <Encerrado>
    Y sí. Se puede estar <encerrado> con las puertas y ventanas abiertas. ] [
    Deja de decir tonterías. Se puede.
    Las + más de las veces es así.
    Inocente.
    Tengo que salir de • aquí.
    Aquí con |puertas| y [ventanas].
    Pero <encerrado>.
    Agobiado por los ~cortos límites~ que el <encierro> te permite.
    Haces senderismo siempre de rutas de -corto- recorrido.
    El problema es el tiempo’
    Dejar en sus manos la huída.
    Iluso.
    Si lo haces, tu • aquí será = tu ahora que será = tu siempre.

  • Dicen que puedes elegir la vida que llevas. Yo creo que no.

    Por partes.

    Está la vida que pasa. La vida que pasa es la que vas dejando sin más.  Es la vida de las cosas que haces sin pensar, vestida de actos automatizados. La que crees manejar aunque muchas veces lo que haces sencillamente es vivirla. Es la vida de correr por las mañanas al trabajo, es la vida de conducir sin pensar ya en cómo se hace, la del tengo que llamarla, la de ahora toca comer y ahora volver corriendo de nuevo a casa a cerrar el ciclo del día. En esta vida ni te aconsejan, ni aconsejas, ni decides. Pasa.

    Está la vida que viene. La vida que viene es la que desconoces, la que no puedes prever, para bien o para mal es la vida del estás despedido, es la vida de me estoy enamorando, la del no eres tú soy yo. Es la vida en la que aparece otro coche en un cruce saltándose el semáforo. La vida que viene no es automática ni propuesta, no depende de elecciones. Ni si quiera sabes cuándo ni cómo: viene

    Y luego está la vida que sucede. La vida que sucede es la que se llena de acontecimientos. Sucesos. Es la vida de hoy me levanto más tarde, es la vida de ¿cariño, cenamos fuera hoy?, la del hoy sí que sí. Es la vida en la que apagas el automático y decides ponerte al volante y conducir a tu manera. Es la vida del hoy les digo que me marcho, la del hagamos una locura. Esta vida sí la eliges, orgulloso y decidido. E intentas rodearte de seres maravillosos que te obliguen a elegir. Sucede.

    Y está la vida que llevas. La vida que llevas es el resultado de restar a la vida que sucede la que pasa y la que viene. Haz la operación. Piénsalo. ¿Cuánto te ha quedado? Angustia un poco ¿verdad?

    Dicen que puedes elegir la vida que llevas. Yo creo que no. Creo que lo que puedes elegir es las veces que vas a ser valiente y decidir y el número de seres maravillosos que pueden ayudarte a hacerlo.

  • Deslizas las hojas con los pies, ha llegado tu otoño, y te lleva. Te lleva a cualquier lugar pasado en el que ya no estás, ese es el peaje, esa es la condición. Siempre es un lugar en el que no estás. Porque esas hojas representan lo que sucedió, ahora caído en un suelo en el que son olvidadas menos para quien las encuentra, como tú, entre sus pies.

    No te gusta dar patadas al pasado, no es bueno en realidad. Por eso las volteas sin decisión y remueves haciendo círculos. Recelas de pisotearlas, no sé, es como que los recuerdos deben seguir vivos de alguna manera, como para protegerte de otra caída a un asfalto frío y desagradecido. Pero tampoco te gusta volver a ver cómo, de nuevo, el ciclo de la vida retorna para visitarte: sí, somos las que veías cubriendo un sol hace tan solo unos meses. Ahora ya no.

    Algunas hojas además se empeñan en pegarse a tus suelas, incómodo intentas quitártelas con el otro pie, porque no quieres agacharte, no quieres acercarte demasiado. Acercarte demasiado al pasado  puede cansar, y en algunos casos doler. Que ya no eres un chaval. Así que te acompañan, un tiempo, no demasiado, depende de lo fuerte que se aferren, de lo intenso de su recuerdo.

    Acaban cayendo, siempre caen, pero es muy atroz cuando caen dentro de tu casa, porque es entonces cuando no te queda más remedio que afrontarlo y agarrar la escoba. No es agradable mezclar tus recuerdos con los despojos de tu día a día.

  • Demostrativos

    Este placer satisfecho,
    esta sonrisa despreocupada,
    este edredón anudado,
    esta sábana que no tapa. 

    Ese olor a después de,
    esa sombra luminosa,
    ese frío por la espalda,
    esa constante en el aire. 

    Aquellos que fuimos,
    aquellas palabras,
    aquellos labios interpretándose,
    Aquellas locuras imparables. 

  • Entras en ese bar con cara de nunca. De nunca volveré a amar a una mujer, de nunca me dejaré pisotear de nuevo en el trabajo, de nunca más me emborracharé, con esa especial cara de nunca más me voy a dejar engañar, nunca volveré a engañar. 
    Entras altivo, resuelto, con fuerzas de viernes. Con cara de que nunca dejaré de lado al amigo de siempre, de nunca pondré el dinero por encima de las cosas importantes, de nunca jamás me traicionaré de nuevo. La cara de nunca me pondré méritos que no me corresponden, de nunca abandonaré a mitad de camino mis propósitos valientes. 

    Entras en ese bar de siempre con tu cara de nunca. 

    Los mismos carteles, los mismos grifos de cerveza, los mismos vasos colgando de la parte superior de la barra, ajada ya por historias que nunca se cuentan. Hueles ese aire que mezcla la espuma de la cerveza con el vino de dudosa procedencia. Servilletas arrugadas alfombran el suelo, testigos de otros que ya pasaron por allí. Baldosas pegajosas con figuras de suelas ennegrecidas, huellas de pegamento. 

    Es el aire de siempre, de siempre hay alguien que está por encima de ti, de los hombres somos así, de es el sistema en el que vivimos. El aire de siempre tienes que renunciar a algo, de siempre las cosas no son como uno quiere, de  es lo que hay. Es el aire de alguien tiene que hacerlo, de yo no puedo cambiarlo, el aire de si nadie se entera no pasa nada. 

    Entras en el bar de siempre con tu cara de nunca y fuerzas de viernes. 

    Te preguntas con un vino de dudosa procedencia quién saldrá por la puerta esta vez y si será domingo cuando lo hagas.