Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

  • – ¿Te importa?

    Le dijo él mientras agachaba la cabeza para poder cobijarse bajo el paraguas con flores de ella.

    – ¿Y a ti?

    Le dijo ella mientras le ofrecía el mango del paraguas, con forma de pato, para que él lo elevara un poco y se hiciera responsable.

    – No.

    Contestó él mientras separaba el codo abriendo una puerta a que ella se agarrara.

    – Vamos

    Dijo ella agarrando su brazo y apretándose fuerte para no mojarse.

  • Se miraron en la tienda de muebles, desde lejos. Creyeron reconocerse pero achinaron los ojos con intención de afinar el resultado. Tras varios incómodos segundos, donde uno tiene la sensación de que le considerarán un pervertido o mirón, esbozaron la sonrisa. Eran ellos, ellos mismos, sí, en quienes estaban pensando. Como si de un duelo del oeste, pero a la inversa, se tratara, se fueron acercando a pasos cortos pero firmes, dejando ver que el protocolo se cumplía a la perfección. Coincidieron en la parte de las camas. Justo delante de una enorme con desacertada decoración pero que se ofrecía indecente a sus pies. Dos besos que fueron olores, una caricia en el hombro que fue un abrazo y la imperiosa necesidad de besarse y lanzarse al deseo y al amor. Habían pasado cientos de años, vidas enteras, pero los dos sabían que si apagaran las luces se recorrerían el cuerpo y el alma sin necesidad de mapas ni indicaciones. Siguieron enamorándose de nuevo mientras sus bocas, por disimular, hablaban de tonterías que ni siquiera escuchaban. Tras hacer el amor de forma salvaje, con ansiedad de enfermos dependientes, con impulsos del que va a morir mañana, con el respeto y el cariño de la primera vez y con la furia y el dolor de la última, recuperaron sus cuerpos que seguían hablando en modo abstracto de los niños, del trabajo y de lo cara que está la vivienda. Con dos besos que fueron sudores, un abrazo que fue grito y un hasta pronto que fue un hasta siempre, se despidieron sin recordar por qué habían entrado en aquella tienda de muebles, ni por qué estaban en este mundo.

  • Te dejé pasar una tarde en tu ibiza rojo cuando salías del aparcamiento de las oficinas que se encuentra justo enfrente del mío. Me quedé mirando tu sonrisa de agradecimiento, tu mano con gesto displicente e imaginé tus ojos tras los enormes cristales de tus gafas de sol. Días más tarde volvíamos a coincidir y, de nuevo, dejé que me adelantaras mientras me sonreías y dejabas notar que me recordabas de la última vez. Aun desconocía tus ojos. La siguiente vez que coincidimos fuiste tú la que insististe con tu mano abierta indicando el camino para que yo pasara delante. Miré por el retrovisor. Sonrisas cómplices, un movimiento de cabeza, quizá cantabas alguna canción, quizá era la banda sonora de nuestra historia. Yo subí el volumen, Somebody to love.

    Pasaron muchos días, años para mí, hasta que volvimos a cruzarnos. Había un atasco enorme y cuando dejé que te colaras todo el mundo me pitó, me gritó, me insultó. Por el retrovisor me regalaste algo que sabías era en ese momento lo más deseado del mundo. Bajando tus gafas me miraste y cerraste el ojo (mar, cielo, inmenso) derecho, suavemente, lejos de ser un gesto rápido era un lenguaje, un pacto, un susurro, un trato, un reto. Más volumen, Can anybody find me somebody to love?

    Hoy han colocado el letrero de «se alquila» en tu edificio.

  • – Hola
    – Hola
    – ¿Voy bien hasta ahora?
    – De momento
    – Qué presión
    – No preguntes tanto cómo vas y ve
    – Vale

    [Silencio]

    – ¿Y?
    – ¿Esperas más?
    – Mucho más que un hola.
    – Qué presión (y II)
    – ¿Inseguro?
    – No
    – Pues quién lo diría
    – Es al contrario
    – ¿Demasiado seguro?
    – Mucho más
    – ¿De qué?
    – De eso que estás pensando
    – Ya
    – Escríbelo en un papel
    – ¿Eres mentalista?
    – Tanto como tú.
    – Ya lo he hecho.
    – Dóblalo y guárdalo en un cajón
    – ¿Y?
    – Esperaremos
    – ¿Cuánto?
    – No preguntes cuánto y haz lo que has escrito
    – Cabronazo
    – ¿Voy bien?
    – Muy bien

  • Esperaba algo cansado a que me dieran mesa. Un día difícil, no demasiado diferente a los días fáciles pero con esos pequeños matices que los echan a perder. La delgada línea roja entre la mueca y la sonrisa. Tampoco tenía hambre, ni demasiadas ganas de volver al mismo lugar del que había salido sin perspectiva ninguna. Las pesonas a mi alrededor se inquietaban. Me pregunté si llevaban días sin comer, si acababan de regresar de un encierro. No parecía por su elegancia imposible pero intentada. Me pregunté si acaso les esperaba después de la comida un trabajo maravilloso, una tarde inolvidale. No lo parecía por sus charlas vacías y sus golpecitos con la punta de los pies contra el suelo. Me pregunté si debería seguir preguntándome por ellos y no por mí, ya que me había puesto. En esas estaba cuando me sorprendió el olor a vainilla que procedía de mi espalda. No era yo, evidentemente, y aposté con mi curiosidad a que serías como tú. Te imaginé tal como eras, exactamente. Me pregunté si sería absurdo darme la vuelta y romper la inercia de las miradas. Me pregunté si no era hora ya de dejar estas tonterías. Solo era un olor a vainilla. Mi estudio huele a vainilla mezclada con canela. Me pregunté si acaso lo que tenía detrás no era una cortina o el sofá de mi casa que habían venido a buscarme. La estadística de mis últimas preguntas no aseguraba que aquello fuera más difícil que tú fueras finalmente tú, tal y como te había pensado. Cortina o tú. La delgada línea roja entre una tarde inolvidable o el regreso al encierro.

    – ¿Cuántos son? ¿dos?

    Me dí cuenta de que el camarero pensó que no venía solo, sino acompañado de la persona que olía a vainilla que esperaba también sola. No era la cortina. Supuse. Sin pensarlo un instante me di la vuelta mientras pregunté sonriendo

    -¿Somos dos?

    Me miraste, sonreiste.

    Tú. Vainilla. La delgada línea roja

  • «… no estaba nervioso, ni alterado como casi todos los que me precedían en la larga fila. Es más, recordaba aquel video con el que veíamos los pensamientos en el enorme atasco de una gran ciudad. Recordé con el recuerdo aquella canción con la que bailamos. Recordé con el recuerdo del recuerdo los tres minutos que dura la eternidad. Una diminuta forma blanca, algo peluda cayó sobre mi cabeza. La agarré suavemente, como si tuviera vida y respiración. La miré entre mis dedos. Pensé que formaba parte de aquel parón. Y, por qué no, que ella también estaba recordando y pensando en su canción. La acerqué suavemente a mis labios y soplé fuerte, como cuando lo haces con una pestaña acompañada de deseos inconfesables. La ví volar, en pequeñas elipses irregulares que terminaron por desviarla hacia la parte de atras del coche. Cuando mi cuello llegaba al límite decidí dejarla, como dejan los padres a sus hijos que se marchan o los ex amantes al deseo que no encuentran. Inevitablemente. Un par de acordes más tarde miraba instintivamente por el retrovisor. Solo se apreciaba una melena corta, suave, unos enormes ojos que siempre estuvieron sonriendo y unas manos frágiles. Sostenían una forma blanca, algo peluda y concentraban en ella los pensamientos imposibles de aquella mujer que aleatoriamente se había situado tras de mí en una larga fila. No pude quitar la vista. No quise quitar la vista. Jamás habría quitado la vista. Por un momento decidí ser el rey de la creación y constatar que no existía el azar, y que aquella era la misma mota peluda, y que aquellos ojos estaban deseando lo mismo que yo, inconfesablemente y en silencio. Y que con el siguiente acorde bajaría de su coche y me invitaría a salir del mío. Y que bailaríamos durante los tres minutos que dura la eternidad. Y que alguien recorrería el mundo cantando una canción de la que nosotros eramos los protagonistas. Pero no sucedió exactamente así. Alguien comenzó a gritar y observé que frente a mí había un abismo de asfalto que me obligaría, según apretara el acelerador, a dejar de recordar, de soñar, de desear, de imaginar, y de ser el rey de la creación. Nunca sabré si ella dejó también escapar la forma blanca algo peluda que cayó sobre sus frágiles manos. La cánción dejó de sonar.»

  • Un ruido les impedía encontrarse, una extraña mezcla de interrupción y onda sonora disfuncional corrompía su comunicación. En realidad no sabían si estaban lejos o cerca, «la distancia puede resultar un concepto relativo» pensaron a la vez. Ese pensamiento sincronizado por el azar o el destino [No discutamos sobre ello ahora] habría sido un estupendo punto de partida.

    Él, más tranquilo paciente y solícito reunió datos, información, conocimientos adquiridos en pos de la eliminación total del molesto e incómodo asistente de funeraria que impedía volver a reiniciar su conocimiento de ella.

    Ella, nerviosa, intranquila y más inteligente, decidió combatirlo desesperadamente. Salió de sus paredes de cristal y desencanto y comenzó a gritar su nombre por el mundo. «Tiene que estar cerca» , segundo pensamiento que surgió a la par. [El azar va perdiendo el partido].

    Pasaba el tiempo, rápido para ellos, lento, colosal, dinosaurio para el resto del cosmos.

    Era más bien un espectro insondable, un duende maligo, un súcubo regresado de otro día del mismo espacio; era más bien un completo demonio, un vil invierno, un traje de domingo. Pero para ellos no era más que ruido, interferencia, detención pausada que «no podrá conmigo». [Definitivamente no es azar, es destino]

    La antartida se deshiela, y ellos se comunican mucho más y mejor que amantes sudorosos en una tarde sin deseos…

    [Los sueños se dejan inspirar claramente (Dr.Faure) por la significación de un pedazo de música escuchado mientras uno está adormeciéndose]

  • Paja sentimental

    Hacía años que no se veían, que no se hablaban, que no se tocaban. Hacía años que no sabían nada el uno del otro. Tan solo alguna coincidencia momentánea en un vertical del espacio tiempo definido por el azar. Un gesto, un momento. Poca luz, pocas fresas.

    En todo ese tiempo la muerte instalada en su salón les ofrecía café, con leche y cortado, ya les conocía, madre y hermana de la humanidad. Un día les sorprendió incluso con un par de tostadas de mediocridad y rutina, que degustaron con placer.

    De pronto una especie de tsunami entró por la ventana. En forma de beso, de caricia vespertina, y una fresa se deslizó por su ombligo (qué importa de quién, joder es una fresa en el ombligo).

    Practicaron el sexo durante horas, algunos dicen que días. El café de la mañana siguiente se quedó frío y la muerte engordó por la nueva dieta de sobras de tostada que comía cada mañana.

    Meses después volvieron a no verse a no tocarse, a no hablarse.

    Hoy, años más tarde la muerte envidia aquellos días de fresas en el ombligo y cafés helados. Porque, por mucho que lo intente, la muerte no sabe lo que es un tsunami por la ventana en forma de beso.

    Dicen que esa envidia es la que le invita a meterse en el salón de tu casa.

  • Dame un motivo…

    un nombre, un tema, una clase, una entidad. Mueve el mundo en el que te mueves y desprecia lo que permanezca. Dame un motivo, un susurro, un suspiro, un roce. Toca el mundo en que te arrastras y barre lo que te haga daño.

    transición

    Transición de mundos,
    de ideas
    de ti,
    de mí

  • Sí, quiero

    «…se dieron todo el uno al otro, se compartieron tanto, dicen, que incluso hubo un momento en que no se podía distinguir quién era quién. Entonces apareció el problema. Tanto estar uno en el otro acabó por intercambiarles las almas. Dejaron de gustarles ciertas cosas, porque en realidad era de sí mismos de quienes se habían enamorado. Sus peores detalles aparecían en el otro como en un espejo, retornando como puñales afilados…»