Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

  • Ya está

    Ya está. No te atreviste a decirlo. Te limitaste a descender la calle del orgullo mientras ocultabas tu rostro bajo el cuello del abrigo. Llegaste a detener tus pasos de soldado invencible antes de girar la esquina, para levantar por última vez la mirada hacia su balcón, encendido y con una sombra tras las cortinas de la tristeza. Sabías perfectamente que te estaba mirando entre lágrimas, agarrada a la esperanza del milagro en el que siempre confiamos pero que nunca sobreviene.

    Pudo ver cómo tu pie derecho alcanzó a girar unos grados, a modo de vanguardia de reconquista y reconciliación. Pero solo fueron unos soldados inocentes que murieron en el intento. Y tú pudiste ver cómo la cortina escupía un rayo de luz a una calle tan silenciosa como tu despedida. Pero solo fue un instante al que sucedió la penumbra en la que siempre, eternamente, acabamos.

    Lo último que vio fue tu pie izquierdo, tu talón, tras esa esquina, desaparecer al ritmo decadente del que se va para siempre. Lo último que oíste fue tu propia voz diciendo a nadie lo que hubiera evitado el descenso, la esquina, la tristeza y la penumbra eterna: te necesito.

  • Propuesta

    Te propongo que pierdas la noción de quien eres, te desdibujes, pases de la silueta que contorneas hacia un difuminado de trazos poco claros. Desde ese día te morirás como nombre, como registro civil, como campo de cualquier formulario; pero también de lo que crees ser, de lo que piensan que eres, de lo que esperan que seas, de lo que has sido y de lo que nunca fuiste.

    Te olvidarás de fechas, de firmas, de libros notariales, de absurdos membretes y de títulos orgánicos. Abrazarás el abismo de la falta de circunstancias, abordarás el espacio en blanco y la falta de contexto.

    Fuera de tramas, tejidos, redes, sociedades y grupos.

    Fuera de sogas y puntos de anclaje.

    Fuera de este mismo texto que ahora lees y nunca habrá existido.

  • Semáforo y vida

    Con el semáforo en verde lo tienes claro. Pasas, sigues, caminas, entras, sales. Una luz sin dudas que incluso te anima a proceder. Con el semáforo en verde solo te preocupa una cosa: el tiempo. Porque te sabes finito, porque te reconoces limitado. Por eso cuando llegas a un cruce de tu vida y lo ves en verde, corres, aprietas el acelerador, te angustias. ¿Cuánto llevará así? ¿Cuánto le queda? Ves a los demás a lo lejos e intuyes que has llegado demasiado justo. Quizá demasiado tarde. Y es aquí donde se separan los valientes de los cobardes.

    El día en que prefieres esperar para cruzar al otro lado, demuestras que no esperas nada del otro lado.

    Con el semáforo en rojo lo tienes claro, pero menos. Porque siempre puedes mirar a los lados y saltártelo. Y pasar, seguir, caminar, entrar, salir. Una luz prohibida que incluso te anima a pecar, a transgredir normas que nunca te preguntaron. El tiempo no importa, porque ya estás en el lado oscuro de la vida, porque ya has decidido avanzar. Es más: la luz verde que le sigue no trae ninguna emoción. Porque cuando algo que haces deja de ser malo, deja de tener emoción. Dejas de ser adolescente y ya no tienes que ocultarte para fumar, o buscar subterfugios para excusar comportamientos.

    El día en que no tienes que pedir permiso para hacer algo, dejas de querer hacerlo sin permiso.

    Con el semáforo en ámbar es donde finalmente decides para siempre. Porque es en este terreno donde te quedas solo, es ese espacio indefinido donde nada ni nadie te va a decir qué tienes que hacer. De nada sirve mirar alrededor: unos están allá y otros aquí, unos van y otros vuelven. Su luz intermitente se acompasa con tus latidos y angustias remotas. No hay pistas, no hay leyes, no hay rutas, no hay dirección previa. Tienes que decidir. Y es aquí donde se separan los felices de los tristes.

    Porque el día en que optas por dejar a otro que te diga qué hacer, te encaminas sin remedio a la pesadumbre del desencanto.

  • Ella y Él

    Para ella era el de las chuches de caramelo, el de la camiseta de Donald, además su papá era policía y su madre olía muy bien y tenía un pelo precioso y rojo. Volvían juntos en el autobus en la ruta 5 y a veces le dejaba su maquinita del comecocos. Cuando alguien se metía con él, ella, que era más alta y más fuerte le defendía y dejaba a quien fuera con las rodillas llenas de moratones por las veces que le hacía caerse al suelo. Él se limitaba a mirar y a quedarse asustado a un lado esperando a que la pelea acabara antes de que llegara la seño. A veces él la dejaba que le llevara la mochila porque se ponía muy pesada y decía que él tenía que comer mucho más porque si no se lo llevaría el viento un día de tormenta, como a un tío suyo de Valencia que se lo contó su madre.

    Él, como se apellidaba casi igual que ella, se sentaba delante en clase y ella siempre estaba tirándole del pelo porque nunca se enfadaba y porque cuando se daba la vuelta la miraba y sonreía con una total ausencia de maldad. Siempre le ayudaba en los exámenes echándose a un lado para que ella pudiera copiarle cuando el profe se daba la vuelta. Ella cada vez era más alta y él seguía casi igual, paliducho y flaco. Una vez le dijo que si le gustaban sus tetas pero él se puso rojo y se fue corriendo temiendo que se fuera a sacar una en medio de la calle. Era capaz. Seguía llevándole la mochila y diciéndole que aunque todos le decían que era un esmirriado, a ella le parecía muy rico y muy mono. Su padre policía ya no vivía con su madre del pelo rojo. Ahora intercambiaban las cintas para el walkman.

    Le dijo que no quería esperar más y que esa noche lo iban a hacer. Él nunca había visto a una chica desnuda, bueno sí, en una revista que le dejó su primo después de ver una peli de video de miedo en casa de sus tíos. Ahora él era más alto que ella y tenía pelusas recorriéndole las mejillas, pero seguía pálido y blanquecino y ella seguía teniéndole que esperar cuando subían las escaleras del instituto. Ella ya no se pegaba con nadie para defenderle, había conseguido que el hijo de la portera de su casa, a cambio de tocarle el culo un viernes por la tarde, se encargara de amenazar con sus colegas a cualquiera que se metiera con él. Dicen que el hijo de la portera acabó en la cárcel por robar coches, pero ella nunca se lo creyó del todo.

    El último día no dejó que entrara nadie en la habitación del hospital. La cerró por dentro bajo amenaza de muerte a quien se acercara. Era capaz. La madre de él ya no tenía el pelo rojo y lloraba al otro lado de la puerta sin atreverse a llevarle la contraria. Su padre policía se había casado con una mujer mucho más joven que él que le dejó arruinado y nunca volvieron a saber. Ella se limitó a tumbarse a su lado, abrazarle fuerte, compartir los auriculares del mp3 y seguir tirándole del pelo cuando parecía que se quedaba dormido. Él seguía sin enfadase y sin ausencia ninguna de maldad.

    Nunca se dijeron te quiero porque no les hizo falta ninguna.

  • Él intentaba por todos los medios disimular frente a ella el deseo horrible de saber qué libro estaba leyendo. Intuía que sus ojos rasgados, quizá por evitar coquetamente unas gafas, quizá por el interés que le proporcionaba, recorrían palabras hermosas, inquietantes tal vez.

    Se había sentado a su lado de forma casual y cuando se percató de su presencia era demasiado tarde: aquel libro estaba abierto, y sus ojos atrapados en él. Lo que más le angustiaba era saber qué pasaba por su cabeza en cada párrafo que leía, en cada página que pasaba. Hubiera dado lo imposible por meterse en su cabeza, escondida bajo una hermosa melena alisada color atardecer, y recorrer con ella las palabras, los espacios, los puntos, las comas.

    Y así, sin avisar, llegó el momento en que ella levantó la cabeza un instante, liberándose de la lectura, para pasear sus dedos por la melena que había caído sobre su cara, y desplazarla suavemente hacia la parte trasera de la oreja. En el mismo instante le miró, dos segundos eternos. Su rostro desnudo, sus ojos de gata, su mirada cruzada.

    Fue entonces cuando el libro dejó de interesarles a los dos. Y nació el amor.

  • Se prometieron

    todas las promesas posibles, de todas las formas posibles, en todos los lugares posibles, a todas las horas posibles.

    Les llevó tiempo. Poco esfuerzo, la verdad. Finalmente lo hicieron. Cumplieron todas las promesas.

    Todas.

    Hace semanas que no se dicen nada, de ninguna manera, en ningún lugar, en ningún momento.

    Tienen toda la eternidad por delante. Nada que hacer, la verdad.

    Nada

  • – ¿Te importa?

    Le dijo él mientras agachaba la cabeza para poder cobijarse bajo el paraguas con flores de ella.

    – ¿Y a ti?

    Le dijo ella mientras le ofrecía el mango del paraguas, con forma de pato, para que él lo elevara un poco y se hiciera responsable.

    – No.

    Contestó él mientras separaba el codo abriendo una puerta a que ella se agarrara.

    – Vamos

    Dijo ella agarrando su brazo y apretándose fuerte para no mojarse.

  • Se miraron en la tienda de muebles, desde lejos. Creyeron reconocerse pero achinaron los ojos con intención de afinar el resultado. Tras varios incómodos segundos, donde uno tiene la sensación de que le considerarán un pervertido o mirón, esbozaron la sonrisa. Eran ellos, ellos mismos, sí, en quienes estaban pensando. Como si de un duelo del oeste, pero a la inversa, se tratara, se fueron acercando a pasos cortos pero firmes, dejando ver que el protocolo se cumplía a la perfección. Coincidieron en la parte de las camas. Justo delante de una enorme con desacertada decoración pero que se ofrecía indecente a sus pies. Dos besos que fueron olores, una caricia en el hombro que fue un abrazo y la imperiosa necesidad de besarse y lanzarse al deseo y al amor. Habían pasado cientos de años, vidas enteras, pero los dos sabían que si apagaran las luces se recorrerían el cuerpo y el alma sin necesidad de mapas ni indicaciones. Siguieron enamorándose de nuevo mientras sus bocas, por disimular, hablaban de tonterías que ni siquiera escuchaban. Tras hacer el amor de forma salvaje, con ansiedad de enfermos dependientes, con impulsos del que va a morir mañana, con el respeto y el cariño de la primera vez y con la furia y el dolor de la última, recuperaron sus cuerpos que seguían hablando en modo abstracto de los niños, del trabajo y de lo cara que está la vivienda. Con dos besos que fueron sudores, un abrazo que fue grito y un hasta pronto que fue un hasta siempre, se despidieron sin recordar por qué habían entrado en aquella tienda de muebles, ni por qué estaban en este mundo.

  • Te dejé pasar una tarde en tu ibiza rojo cuando salías del aparcamiento de las oficinas que se encuentra justo enfrente del mío. Me quedé mirando tu sonrisa de agradecimiento, tu mano con gesto displicente e imaginé tus ojos tras los enormes cristales de tus gafas de sol. Días más tarde volvíamos a coincidir y, de nuevo, dejé que me adelantaras mientras me sonreías y dejabas notar que me recordabas de la última vez. Aun desconocía tus ojos. La siguiente vez que coincidimos fuiste tú la que insististe con tu mano abierta indicando el camino para que yo pasara delante. Miré por el retrovisor. Sonrisas cómplices, un movimiento de cabeza, quizá cantabas alguna canción, quizá era la banda sonora de nuestra historia. Yo subí el volumen, Somebody to love.

    Pasaron muchos días, años para mí, hasta que volvimos a cruzarnos. Había un atasco enorme y cuando dejé que te colaras todo el mundo me pitó, me gritó, me insultó. Por el retrovisor me regalaste algo que sabías era en ese momento lo más deseado del mundo. Bajando tus gafas me miraste y cerraste el ojo (mar, cielo, inmenso) derecho, suavemente, lejos de ser un gesto rápido era un lenguaje, un pacto, un susurro, un trato, un reto. Más volumen, Can anybody find me somebody to love?

    Hoy han colocado el letrero de «se alquila» en tu edificio.

  • – Hola
    – Hola
    – ¿Voy bien hasta ahora?
    – De momento
    – Qué presión
    – No preguntes tanto cómo vas y ve
    – Vale

    [Silencio]

    – ¿Y?
    – ¿Esperas más?
    – Mucho más que un hola.
    – Qué presión (y II)
    – ¿Inseguro?
    – No
    – Pues quién lo diría
    – Es al contrario
    – ¿Demasiado seguro?
    – Mucho más
    – ¿De qué?
    – De eso que estás pensando
    – Ya
    – Escríbelo en un papel
    – ¿Eres mentalista?
    – Tanto como tú.
    – Ya lo he hecho.
    – Dóblalo y guárdalo en un cajón
    – ¿Y?
    – Esperaremos
    – ¿Cuánto?
    – No preguntes cuánto y haz lo que has escrito
    – Cabronazo
    – ¿Voy bien?
    – Muy bien