Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

  • Esperaba algo cansado a que me dieran mesa. Un día difícil, no demasiado diferente a los días fáciles pero con esos pequeños matices que los echan a perder. La delgada línea roja entre la mueca y la sonrisa. Tampoco tenía hambre, ni demasiadas ganas de volver al mismo lugar del que había salido sin perspectiva ninguna. Las pesonas a mi alrededor se inquietaban. Me pregunté si llevaban días sin comer, si acababan de regresar de un encierro. No parecía por su elegancia imposible pero intentada. Me pregunté si acaso les esperaba después de la comida un trabajo maravilloso, una tarde inolvidale. No lo parecía por sus charlas vacías y sus golpecitos con la punta de los pies contra el suelo. Me pregunté si debería seguir preguntándome por ellos y no por mí, ya que me había puesto. En esas estaba cuando me sorprendió el olor a vainilla que procedía de mi espalda. No era yo, evidentemente, y aposté con mi curiosidad a que serías como tú. Te imaginé tal como eras, exactamente. Me pregunté si sería absurdo darme la vuelta y romper la inercia de las miradas. Me pregunté si no era hora ya de dejar estas tonterías. Solo era un olor a vainilla. Mi estudio huele a vainilla mezclada con canela. Me pregunté si acaso lo que tenía detrás no era una cortina o el sofá de mi casa que habían venido a buscarme. La estadística de mis últimas preguntas no aseguraba que aquello fuera más difícil que tú fueras finalmente tú, tal y como te había pensado. Cortina o tú. La delgada línea roja entre una tarde inolvidable o el regreso al encierro.

    – ¿Cuántos son? ¿dos?

    Me dí cuenta de que el camarero pensó que no venía solo, sino acompañado de la persona que olía a vainilla que esperaba también sola. No era la cortina. Supuse. Sin pensarlo un instante me di la vuelta mientras pregunté sonriendo

    -¿Somos dos?

    Me miraste, sonreiste.

    Tú. Vainilla. La delgada línea roja

  • «… no estaba nervioso, ni alterado como casi todos los que me precedían en la larga fila. Es más, recordaba aquel video con el que veíamos los pensamientos en el enorme atasco de una gran ciudad. Recordé con el recuerdo aquella canción con la que bailamos. Recordé con el recuerdo del recuerdo los tres minutos que dura la eternidad. Una diminuta forma blanca, algo peluda cayó sobre mi cabeza. La agarré suavemente, como si tuviera vida y respiración. La miré entre mis dedos. Pensé que formaba parte de aquel parón. Y, por qué no, que ella también estaba recordando y pensando en su canción. La acerqué suavemente a mis labios y soplé fuerte, como cuando lo haces con una pestaña acompañada de deseos inconfesables. La ví volar, en pequeñas elipses irregulares que terminaron por desviarla hacia la parte de atras del coche. Cuando mi cuello llegaba al límite decidí dejarla, como dejan los padres a sus hijos que se marchan o los ex amantes al deseo que no encuentran. Inevitablemente. Un par de acordes más tarde miraba instintivamente por el retrovisor. Solo se apreciaba una melena corta, suave, unos enormes ojos que siempre estuvieron sonriendo y unas manos frágiles. Sostenían una forma blanca, algo peluda y concentraban en ella los pensamientos imposibles de aquella mujer que aleatoriamente se había situado tras de mí en una larga fila. No pude quitar la vista. No quise quitar la vista. Jamás habría quitado la vista. Por un momento decidí ser el rey de la creación y constatar que no existía el azar, y que aquella era la misma mota peluda, y que aquellos ojos estaban deseando lo mismo que yo, inconfesablemente y en silencio. Y que con el siguiente acorde bajaría de su coche y me invitaría a salir del mío. Y que bailaríamos durante los tres minutos que dura la eternidad. Y que alguien recorrería el mundo cantando una canción de la que nosotros eramos los protagonistas. Pero no sucedió exactamente así. Alguien comenzó a gritar y observé que frente a mí había un abismo de asfalto que me obligaría, según apretara el acelerador, a dejar de recordar, de soñar, de desear, de imaginar, y de ser el rey de la creación. Nunca sabré si ella dejó también escapar la forma blanca algo peluda que cayó sobre sus frágiles manos. La cánción dejó de sonar.»

  • Un ruido les impedía encontrarse, una extraña mezcla de interrupción y onda sonora disfuncional corrompía su comunicación. En realidad no sabían si estaban lejos o cerca, «la distancia puede resultar un concepto relativo» pensaron a la vez. Ese pensamiento sincronizado por el azar o el destino [No discutamos sobre ello ahora] habría sido un estupendo punto de partida.

    Él, más tranquilo paciente y solícito reunió datos, información, conocimientos adquiridos en pos de la eliminación total del molesto e incómodo asistente de funeraria que impedía volver a reiniciar su conocimiento de ella.

    Ella, nerviosa, intranquila y más inteligente, decidió combatirlo desesperadamente. Salió de sus paredes de cristal y desencanto y comenzó a gritar su nombre por el mundo. «Tiene que estar cerca» , segundo pensamiento que surgió a la par. [El azar va perdiendo el partido].

    Pasaba el tiempo, rápido para ellos, lento, colosal, dinosaurio para el resto del cosmos.

    Era más bien un espectro insondable, un duende maligo, un súcubo regresado de otro día del mismo espacio; era más bien un completo demonio, un vil invierno, un traje de domingo. Pero para ellos no era más que ruido, interferencia, detención pausada que «no podrá conmigo». [Definitivamente no es azar, es destino]

    La antartida se deshiela, y ellos se comunican mucho más y mejor que amantes sudorosos en una tarde sin deseos…

    [Los sueños se dejan inspirar claramente (Dr.Faure) por la significación de un pedazo de música escuchado mientras uno está adormeciéndose]

  • Paja sentimental

    Hacía años que no se veían, que no se hablaban, que no se tocaban. Hacía años que no sabían nada el uno del otro. Tan solo alguna coincidencia momentánea en un vertical del espacio tiempo definido por el azar. Un gesto, un momento. Poca luz, pocas fresas.

    En todo ese tiempo la muerte instalada en su salón les ofrecía café, con leche y cortado, ya les conocía, madre y hermana de la humanidad. Un día les sorprendió incluso con un par de tostadas de mediocridad y rutina, que degustaron con placer.

    De pronto una especie de tsunami entró por la ventana. En forma de beso, de caricia vespertina, y una fresa se deslizó por su ombligo (qué importa de quién, joder es una fresa en el ombligo).

    Practicaron el sexo durante horas, algunos dicen que días. El café de la mañana siguiente se quedó frío y la muerte engordó por la nueva dieta de sobras de tostada que comía cada mañana.

    Meses después volvieron a no verse a no tocarse, a no hablarse.

    Hoy, años más tarde la muerte envidia aquellos días de fresas en el ombligo y cafés helados. Porque, por mucho que lo intente, la muerte no sabe lo que es un tsunami por la ventana en forma de beso.

    Dicen que esa envidia es la que le invita a meterse en el salón de tu casa.

  • Dame un motivo…

    un nombre, un tema, una clase, una entidad. Mueve el mundo en el que te mueves y desprecia lo que permanezca. Dame un motivo, un susurro, un suspiro, un roce. Toca el mundo en que te arrastras y barre lo que te haga daño.

    transición

    Transición de mundos,
    de ideas
    de ti,
    de mí

  • Sí, quiero

    «…se dieron todo el uno al otro, se compartieron tanto, dicen, que incluso hubo un momento en que no se podía distinguir quién era quién. Entonces apareció el problema. Tanto estar uno en el otro acabó por intercambiarles las almas. Dejaron de gustarles ciertas cosas, porque en realidad era de sí mismos de quienes se habían enamorado. Sus peores detalles aparecían en el otro como en un espejo, retornando como puñales afilados…»

  • Perfección 02

    Me gustaba su forma de acariciarme, su brazo excelso, fuerte, articulado directamente para conseguir ese movimiento que recorría mi cuerpo cada noche. En los días siguientes a cualquier orgasmo nada venial, solía quedarse mirándome, como en cierta espera a mi voluntad.

    Nunca me pedía nada que no quisiera, nunca me exigió explicaciones sobre mi conducta de los viernes por la noche, cuando le dejaba allí, tumbado en el salón y frente a la televisión. Siempre sumiso, siempre perfecto.

    Adoraba cuando nos dedicábamos el fin de semana a jugar con la comida, fresas, nata, plátanos, de un cuerpo a otro, de su sexo al mío, sin descanso, sin palabras. Él era capaz de estar horas y horas quieto, sin moverse, con la fresa en la boca, esperando dócil la orden de mis labios, el gesto suave de cualquiera de mis dedos que ordenaban nuevos juegos, nuevos sueños.

    El otro día me lo encontré por casualidad, como suele suceder, los mejores reencuentros ocurren por casualidad. Nos quedamos mirando, una vez más sin palabras, y no hizo falta nada más. Una mujer siempre sabe esas cosas.

    Ahora, además, viene con más accesorios, incluso con ciertos sabores afrutados que bien sabe cuánto me gustan. Tan sumiso como siempre. Tan desmontable. Tan grande. Tan delicado.

    Y con pilas recargables.

  • Perfección 01

    Aquella noche hacía el calor necesario para entendernos.

    Aquella noche la luz intensa de la luna era necesariamente imprescindible para que nos abrazáramos.

    Aquella noche, y de forma cuantitativamente necesaria, el musgo abrazado a la tierra era el justo para que nos entendiéramos.

    Aquella irrepetible noche, y minuciosamente calculadas, lucían las estrellan con la intensidad nanométricamente calculada para dar el equitativo brillo a tus verdes ojos de mar. Aquella noche todo, todo, todo era absolutamente perfecto.

    Lástima que estuvieras conmigo.

  • Imagina un mundo donde todo está dicho. Ahora imagina otro donde todo se ha escuchado. Si eliges el primero es porque consideras que todo está hecho, sin embargo si has preferido el segundo es porque ya no queda nada por hacer.

    Ahora piensa en cuál de los dos quieres morir.

    Imagina un mundo donde todo se vive con la mayor intensidad. Ahora otro donde no sientes absolutamente nada. Si eliges el primero es porque todavía no has vivido de verdad. Si eliges el segundo es porque ya te hicieron demasiado daño.

    Ahora piensa en cuál de los dos quieres sentarte a llorar.

    Imagina un mundo donde todos te admiran. Ahora otro mundo donde nadie sabe de tu existencia. Si eliges el primero es porque nadie te ha dicho nunca lo que vales. Si eliges el segundo es porque estás cansado de ser siempre imprescindible.

    Ahora piensa en cuál de los dos quieres quejarte eternamente.

    Imagina un mundo donde unos te quieren, otros no; donde unos piensan que eres un gran amigo, otros que no piensan volver a llamarte; donde unos te necesitan para vivir y otros no quieren volver a verte jamás. Imagina un mundo donde eres bueno unas veces y otras lo haces fatal; donde hay días que te sales y días en los que mejor te hubieras quedado en casa.

    Ahora piensa en que ese es el mundo en que te ha tocado existir.

    Viva el mundo en el que, básicamente, no tienes ni idea de qué pasará mañana, porque es todos los mundos a la vez y en él caben todas las vidas que quieras vivir.

    Te guste o no.

  • A menudo abres la nevera con la esperanza de que haya cambiado. No sabes aun por qué ni cómo eres capaz de mantenerla. Todos los días, todas las noches, en verano, en invierno. Ese momento en que la luz te indica que ya puedes contemplar su interior tiene un aspecto sacro, inmenso, es el antes, y en el antes caben muchos sueños. Pero ese momento es tan fino, tan rápido y tan delicado que te despierta del antes para llevarte a un después donde, efectivamente, compruebas una vez más, un día más, una noche más que sigue estando vacía, desolada, desocupada, disponible, inane de motivos para sonreír.

    Y lo peor de esta inanidad, del necio momento, es que en realidad no está del todo vacía, hay algo en su estante tras la puerta que aparece como un sello, firma y rúbrica de la realidad en la que vives: solo queda un cartón de leche.

    Y entonces el después desolado y disponible pasa a ser un eterno, un siempre es lo mismo. El cartón de leche te confirma que es un lo que no pudo ser: ese quimérico instante en el que todo es perfecto, con un café para poner color a una vida pálida como tu leche única, quién sabe si incluso un pedazo de galleta para dejarse empapar por el contenido de tu triste savia expugnable.

    Pero solo te queda un cartón de leche, y para cuando vuelves a cerrar la puerta ni te preocupa ya si estaba medio lleno o medio vacío. Porque, en realidad, eternamente dará lo mismo.