Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

  • Perfección 02

    Me gustaba su forma de acariciarme, su brazo excelso, fuerte, articulado directamente para conseguir ese movimiento que recorría mi cuerpo cada noche. En los días siguientes a cualquier orgasmo nada venial, solía quedarse mirándome, como en cierta espera a mi voluntad.

    Nunca me pedía nada que no quisiera, nunca me exigió explicaciones sobre mi conducta de los viernes por la noche, cuando le dejaba allí, tumbado en el salón y frente a la televisión. Siempre sumiso, siempre perfecto.

    Adoraba cuando nos dedicábamos el fin de semana a jugar con la comida, fresas, nata, plátanos, de un cuerpo a otro, de su sexo al mío, sin descanso, sin palabras. Él era capaz de estar horas y horas quieto, sin moverse, con la fresa en la boca, esperando dócil la orden de mis labios, el gesto suave de cualquiera de mis dedos que ordenaban nuevos juegos, nuevos sueños.

    El otro día me lo encontré por casualidad, como suele suceder, los mejores reencuentros ocurren por casualidad. Nos quedamos mirando, una vez más sin palabras, y no hizo falta nada más. Una mujer siempre sabe esas cosas.

    Ahora, además, viene con más accesorios, incluso con ciertos sabores afrutados que bien sabe cuánto me gustan. Tan sumiso como siempre. Tan desmontable. Tan grande. Tan delicado.

    Y con pilas recargables.

  • Perfección 01

    Aquella noche hacía el calor necesario para entendernos.

    Aquella noche la luz intensa de la luna era necesariamente imprescindible para que nos abrazáramos.

    Aquella noche, y de forma cuantitativamente necesaria, el musgo abrazado a la tierra era el justo para que nos entendiéramos.

    Aquella irrepetible noche, y minuciosamente calculadas, lucían las estrellan con la intensidad nanométricamente calculada para dar el equitativo brillo a tus verdes ojos de mar. Aquella noche todo, todo, todo era absolutamente perfecto.

    Lástima que estuvieras conmigo.

  • Imagina un mundo donde todo está dicho. Ahora imagina otro donde todo se ha escuchado. Si eliges el primero es porque consideras que todo está hecho, sin embargo si has preferido el segundo es porque ya no queda nada por hacer.

    Ahora piensa en cuál de los dos quieres morir.

    Imagina un mundo donde todo se vive con la mayor intensidad. Ahora otro donde no sientes absolutamente nada. Si eliges el primero es porque todavía no has vivido de verdad. Si eliges el segundo es porque ya te hicieron demasiado daño.

    Ahora piensa en cuál de los dos quieres sentarte a llorar.

    Imagina un mundo donde todos te admiran. Ahora otro mundo donde nadie sabe de tu existencia. Si eliges el primero es porque nadie te ha dicho nunca lo que vales. Si eliges el segundo es porque estás cansado de ser siempre imprescindible.

    Ahora piensa en cuál de los dos quieres quejarte eternamente.

    Imagina un mundo donde unos te quieren, otros no; donde unos piensan que eres un gran amigo, otros que no piensan volver a llamarte; donde unos te necesitan para vivir y otros no quieren volver a verte jamás. Imagina un mundo donde eres bueno unas veces y otras lo haces fatal; donde hay días que te sales y días en los que mejor te hubieras quedado en casa.

    Ahora piensa en que ese es el mundo en que te ha tocado existir.

    Viva el mundo en el que, básicamente, no tienes ni idea de qué pasará mañana, porque es todos los mundos a la vez y en él caben todas las vidas que quieras vivir.

    Te guste o no.

  • A menudo abres la nevera con la esperanza de que haya cambiado. No sabes aun por qué ni cómo eres capaz de mantenerla. Todos los días, todas las noches, en verano, en invierno. Ese momento en que la luz te indica que ya puedes contemplar su interior tiene un aspecto sacro, inmenso, es el antes, y en el antes caben muchos sueños. Pero ese momento es tan fino, tan rápido y tan delicado que te despierta del antes para llevarte a un después donde, efectivamente, compruebas una vez más, un día más, una noche más que sigue estando vacía, desolada, desocupada, disponible, inane de motivos para sonreír.

    Y lo peor de esta inanidad, del necio momento, es que en realidad no está del todo vacía, hay algo en su estante tras la puerta que aparece como un sello, firma y rúbrica de la realidad en la que vives: solo queda un cartón de leche.

    Y entonces el después desolado y disponible pasa a ser un eterno, un siempre es lo mismo. El cartón de leche te confirma que es un lo que no pudo ser: ese quimérico instante en el que todo es perfecto, con un café para poner color a una vida pálida como tu leche única, quién sabe si incluso un pedazo de galleta para dejarse empapar por el contenido de tu triste savia expugnable.

    Pero solo te queda un cartón de leche, y para cuando vuelves a cerrar la puerta ni te preocupa ya si estaba medio lleno o medio vacío. Porque, en realidad, eternamente dará lo mismo.

  • 1. Se manchan las manos que amasan el pan que otros comen. Se mancha el mantel del hilo que otros cosen: en realidad todo es para otro.

    2. Tenía que crear algo, pero no sabía qué, así que decidió crearse otro yo que no tuviera tantas estúpidas dudas.

    3. De pronto escuchó un beso, pero no era el suyo. Siguió pensando que en realidad, cuando lo fuera, lo sabría.

    4. Se encontraron con su otro yo. Y se preguntaron cómo habían llegado a ser tan distintos de lo que pensaban. Se despidieron.

    5. El amor descansaba entre los dos de tanto ir y venir. Un día, harto ya, se marchó desperdiciando la oportunidad

    6. Resonó su corazón al caer el alba; era el alba nueva cuando resonó por segunda vez, y supo que vivió la noche más silenciosa.

    7. Encontraron un mensaje de Dios: «Queréis». Cien teólogos concluyeron que seguiría «conocerme». Mandó el segundo «escucharme»

    8. La culpa fue de una mirada, dicen, que le traspasó hasta darle la vuelta. Por eso nunca volvió a saber dónde estaba el norte

    9. Nunca ha abierto el cofre que encontró tras muchos años, mapa en mano. Prefiere pensar que el tesoro es todo lo que hay fuera

    10. Después de toda una vida juntos hacen balance: no han llegado nunca a conocer el amor, ni han llorado jamás. Descansen en paz

    11. «Lo sé. Eres tú. Lo supe desde el primer día. Nunca lo dudé.» Fue decirlo y fracasar.

    12. Murió pensando que el mar terminaba en el cristal de su pecera; que su planta era bosque. Murió más feliz que todos nosotros

    13. Decidieron comprar unas tijeras para recortar el camino e inaugurar futuros.

    14. Harto de ver las hojas siempre inalcanzables, decidió viajar en busca de otoños

    15. Decidió escribirle un verso que, de tan esmerado mutó en dibujo que, de tan hermoso se hizo carne que, de tan perfecta, le amó

    16. Le dio una linterna a la oscuridad, que siempre estaba muerta de miedo. Por fin pudieron dormir los dos. Sueños artificiales.

    17. Le añoraba cada día hablando con su silla vacía. Hay quien jura haber visto a la silla llorar. Yo me lo creo, ¿verdad silla?

    18. Discutieron tanto sobre quién quería más al otro que no tuvieron más remedio que divorciarse.

    19. La matemática de echarse de menos: cuando a dos le restas uno y te queda medio.

    20. Eran dos palabras y decidieron ser poema. Les gustaba su asonancia y falta de ritmo. Hoy son el título de un soneto aburrido.

    21. Ya parto. Llegaré al planeta indicado y cumpliré mi misión. Tu tumba, doscientos años después de verte hoy, tendrá una flor. .

    22. Escribieron una historia de amor tan grande y especial que tuvo introducción, nudo en la garganta y enlace.

    23. Se conocieron en una canción y decidieron ser su estribillo. Ahora viven en los aplausos.

    24. Se conocieron justo antes de que terminara el mundo, decidieron que su último beso fuera como el primero.

    25. Así que decidió meterse en una caja para que alguien se sorprendiera cuando descubriera su interior (y el de la caja, claro).

    El cielo del paladar es disfrutar eternamente de tu dulzura, sin pecado concebida, por los siglos de los siglos, amen.

  • Elogio del error

    Porque no esperas, ni avisas, nunca eres invitado, te cometes, te repites, te duplicas en la misma piedra.

    Porque te vistes de imperdonable, imprevisible, inaceptable, otrora minúsculo, despreciable, colateral.

    Eres diferencia en matemáticas, desviación en física, y explosión en química; grito entre palabras, silencio que no sabe y enunciado a destiempo; hache sin grafía, doble consonante al final de palabra o minúscula después de punto.

    Pero solo tú colocas en su sitio, te reconoces, rectificas a tiempo, propones otro ensayo, reordenas el caos, humanizas a los dioses, descabalgas generales y destronas reyes.

  • Pausaban los tejados las caídas de las gotas como queriendo impedir lo inevitable. Algunos paraguas rodeaban a los transeúntes al grito silencioso de qué hacéis aquí en medio de mi huida. Pasaron un par de hombres corriendo, periódico en la cabeza, intentando salvaguardar una imagen ya deteriorada. Los árboles ofrecían la falsa protección que en realidad no procuran, porque al primer golpe de viento regalan lo acumulado con incómodo y aumentado volumen. Bajo los portales las embarazosas esperas junto a desconocidos que solo quieren salir de allí.

    Y todo ese caos, todo, sirvió de decorado para un beso.

    Un beso como tiene que ser un beso: sin tejados, sin huidas, sin protección, sin esperas y sin querer salir de allí.

  • insomnio

    Asomarse, oler la tormenta que has admirado y ver que en el edificio de enfrente solo permanecen encendidas las luces de los ascensores…

  • Manifiesto

    Lo hermoso es caduco,
    el amor efectivamente es eterno porque no dura,
    no hay resaca sin éxtasis previo,
    ser realista declina hacia el instante,
    los pactos mejores son los que incumples contigo mismo,
    todo el mundo opina pero solamente el sabio no juzga,
    piénsa en lo que tiene que pasar, porque pasará,
    toda elección es un rechazo y todo rechazo es dolor,
    nunca digas nunca, pero tampoco digas nunca siempre,
    deja a un lado lo que piensas, siempre pierdes,
    olvida lo que sentirás, quizá no lo hagas nunca,
    no existen planos de la vida, ni mapas de actuación,
    quiero tener 85 años y escribir como Borges

  • Querida Soledad

    Vale, al final hemos de llevarnos bien, de acuerdo, no insistas, creo que lo he entendido. Pero hay formas y formas de hacerlo, ¿no crees? Quiero decir que podías haber hecho como todo el mundo, venir, sentarte conmigo, tomar un café (tú solo, faltaría más) y plantearme la situación en la que nos encontrábamos. Habríamos hablado un buen rato, escuchando los silencios que tanto adoras y hubiéramos terminado por entendernos. Al final casi todo el mundo lo hace si hay buena intención. Vale, puede que yo hubiera dudado de la tuya, dada la situación en la que me encontraba, y me hubiera resistido un poco. Pero bien sabes que soy un chico fácil cuando se trata de cuestiones irremediables. Me dejo hacer. Déjame por tanto decirte que no me gustó nada que vinieras como elefante en cacharrería, a lo bruto, a lo bestia, a lo insensible. Y tampoco me gustó que me abrazaras tan fuerte, qué quieres que te diga, soy un convencional, me gustan las caricias, los preámbulos y esas cosas. Déjame decirte también que tampoco me hizo demasiada gracia que no me dejaras salir en una temporada. Sí, de acuerdo, el amor es así, y solo te apetecía estar conmigo y no querías que viera a mis amigos, por temor de que acabara con alguna que me hiciera olvidarte. Tampoco te hacía mucha gracia que viniera el pasado a tomar el té, amargo como el gusta a él, y me invitara a pasearme por las paredes del insomnio mientras tú esperabas impaciente en la cama un abrazo. Sabes perfectamente que con él siempre has estado tranquila, claro está, en el fondo juega de tu lado y es tu mejor aliado a la hora de buscar cómplices, no disimules, que nos conocemos los tres. Pero mira que eres posesiva, te lo tengo dicho. Y nada. Enseguida volvías a llamarme, incluso a gritos en momentos delicados que no voy a recordarte ahora. Pero bueno, poco a poco y con el paso del tiempo nos vamos conociendo, recorriéndonos, escrutando detalles de los que solo percibimos los dos y formarán parte algún día de la enciclopedia de recuerdos que vamos acumulando. Y claro, como siempre que hay dos que se quieren, empezaste a hacer cosas que son propias de mí, como salir por las noches, beber, por cierto, tienes un punto muchas veces genial, ir de paseo por el monte y visitar ese lugar donde nos besamos tantas veces. Yo, que soy de natural enamoradizo he hecho también algunas de las tuyas, como permanecer en silencio absorto ante nimiedades, como verle sentido a un apagón, a que se terminen las cosas de la nevera o a bañarnos juntos con velas y todo los domingos.

    Lo que menos me gusta de nuestra relación, he de confesártelo, es cuando hago que alguien te conozca, por mi culpa, sobre todo cuando no está preparado o no se lo merece. No está bien, lo sabes. Muchas veces te dejaría en casa, encerrada, tienes que entender que no todo el mundo le cae bien a todo el mundo y, mujer, tú eres especial, un tanto retorcida a veces, y sobre todo dura. Muy dura. Y no todo el mundo merece tu, a veces, insoportable compañía. Otras me hubiera encantado que vinieras, muchas, no creas, y haberte presentado a algunas personas que han ido paseando por mi tiempo, y con las que seguramente acabarás para siempre. Con ellas puedes ser elefante, mamut o apisonadora. Sin miedo, que se lo merecen. A veces me dan ganas de dejarte, lo confieso, puedes resultar incómoda en ciertas canciones, recuerdos y fotografías, otras, las menos, te daría con la puerta en las narices porque siempre me esperas despierta como si fuera un crio, si sabes que siempre vuelvo, y tú ahí, con esa bata horrible de rutinas que ya empieza a decolorarse y que, por cierto, conserva incólume el agujero del cigarro con el que me quemaste las navidades de hace dos años. Pero basta de tristezas, al final, como te decía, nos llevamos bien, tú con tus exigencias y celos y yo con mis escarceos de ida y vuelta. Eso sí, puede que un día te de con la puerta en las narices y no me vuelvas a ver excepto en alguna ocasión especial, o puntualmente algún día que te llame porque me apetezca verte. Sí, ya lo sé, siempre me lo dices, puede que un día me acabe enamorando de ti, aunque solo sea por el roce, que hace el cariño.

    Pero, querida Soledad, a veces con el cariño no es suficiente…