Censor de hombre libre y pájaro cantor

"Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae."

  • Para que encajen algunas piezas tienes que darles la vuelta, una y otra vez, cuando pasa el tiempo descubres incluso la forma de girarlas casi intuitivamente. Hay piezas que encajan mejor entre ellas y otras que son difíciles de colocar. A veces dejas el espacio perfecto para una y resulta que nunca llega y vas amontonando las que llegan en una esquina sin perder la esperanza, eso sí, cuanto más esperas más se acerca el perder la partida. Resulta verdaderamente angustioso. Al principio va despacio, lo tienes todo controlado y si te equivocas no pasa nada porque pronto lo puedes solucionar y en seguida todo vuelve a su ser, pero a medida que pasa el tiempo va todo más deprisa, te da la sensación de que las piezas pasan y llegan desamiado rápido, y no te da tiempo a acomodarlas como desearías ni a dedicarles el tiempo que se merecen. En la vida como en el tetris hay bloques cuadrados que no encajan con nadie y solo sirven para hacer bulto, y hay bloques con múltiples entrandas y salidas, hechos especialmente para encajar en los momentos más delicados con quien sea necesario. La vida es como un tetris lleno de personas, unas azules, otras rojas, pero todas construyen filas y filas que van desapareciendo en un pasado que no puedes recuperar.

  • Do you Know

    Bajas por la calle donde jugabas al rescate. Tus pies envueltos en zapatos de marca no podrían subirla dos veces seguidas ya y tu sombra es más esférica que alargada. Te aprietan las puntas de los dedos, te duelen las rodillas. Ya no eres un chaval. Miras a los lados y recuerdas la ventana de la chica que siempre te gustó, y a la que nunca te acercaste en años, aterrado por los rechazos acumulados con test de usuario en otras chicas menos importantes. Intentas imaginar que sigue allí, retocándose el largo cabello negro para ir por el pan. Ya no comes pan, si acaso bimbo, y cuando te acuerdas de comprarlo. Ya no eres un chaval. En aquella escalera te sentabas a verla pasar, disimulando lo indisimulable con algún libro que nunca acabaste. Hoy lees por la noche, porque nadie va a pasar a enganchar tu mirada. Los terminas todos, aun los que no te gustan. Ya no eres un chaval. En aquel portal tuviste que esconderte cuando se acercaba, mostrando sus rodillas al elevarse la falda del colegio siempre lo justo para desbordarte imaginándola en tu cuarto. Aun recuerdas su colonia, sin nombre, que te emborrachó una semana de sueños de descapotable y baile de instituto. Hoy puedes poner un nombre de mujer a cada perfume. Pero no sueñas con ninguna. Ya no eres un chaval. Solías recostarte en el recodo de aquel árbol, fumando tus primeros cigarros sin tragarte el humo, pensando en el día que le pedirías casarte como un hombre, con seguridad, con la fortaleza del que ya no teme por nada. Ella te diría que sí, y ese beso formaría parte de una película de sesión contínua. Miras tus manos. Aun se nota la marca del anillo. Lo tiraste al mar después de que te dejara. Ya no eres un chaval.

  • Ataque de nada

    De pronto te ves enmarañado entre todas las cosas que estás haciendo cada día y las que tienes que hacer. Miras con perspectiva en ambos sentidos y te llega. Yo lo denomino ataque de nada. A veces es corto, son esos momentos en los que te quedas mirando al vacío, sin pensar realmente en nada, convirtiendo en eco lejano la conversación que te enfrenta o la música, o incluso la propia circulación de la vida. Otras veces se presenta en plena noche, con un medio sueño entre dos páginas de un libro que no llegas a terminar porque acompaña tu mesita de noche y siempre espera a que le hagas más caso la próxima vez.

    Los ataques de nada no tienen sentido, ni hay que buscárselo. Vienen sin demasiadas ganas de quedarse porque si se extendieran demasiado dejarían de ser nada para ser otra cosa, ahora poco irrelevante.

    Durante un ataque de nada, el vacío no se contempla con vértigo, ni el silencio es incómodo, en realidad mientras estás teniendo un ataque de nada no sufres, no sientes, te limitas a detener tu tiempo para que sea el de los demás el que transcurra a su albur. Y esa detención, como digo, instantánea, carece para ti de conciencia. Podríamos decir que durante un ataque de nada estás más cerca de la felicidad que en un momento lleno de ruido, pensamientos tristes, trabajo agotador o riñas de enamorados. Mucha gente busca mediante sustancias varias llegar a tener un ataque de nada, pero no lo confundas, no son exactamente eso. Los ataques de nada nunca son provocados ni llegan cuando quieres. Se presentan sin más, sin previo aviso. Aunque no hemos de menospreciar diversos elementos a la hora de intentar comprenderlos:

    Cualquier interpretación de un ataque de nada es compleja y lleva al absurdo.

    Cualquier intento de evitarlos lleva a la desesperación, al infierno sartriano del otro o al estrés descontrolado.

    Los momentos de insomnio son perfectos para intercalar, con el párpado absurdo, ataques de nada e instantes frente al ordenador.

    Cualquiera que ha tenido un ataque de nada sabe exactamente a lo que me refiero.

    La muerte no es más que un ataque de nada que se alarga eternamente.

  • Salmo

    Colócate aquí, sí,
    justo donde nace mi futuro.
    Acomódate, sí,
    porque espero que te quedes.

    Reposa tu mano, sí,
    esa que ya no será solo tuya.
    Descansa tu lengua, sí,
    justo donde empieza su cielo.

    Olvida tus guerras, sí,
    las hemos vencido todas.
    Limpia tu barro, sí,
    ese que nunca volverá.

    Hazme renacer, sí,
    lejos del dolor de la muerte.
    porque, insisto,

    espero que te quedes.

  • Que te recorre justo antes de salir, quizá a una cena, quizá a una fiesta, quizá a cualquier evento inesperado o ese encuentro que llevas semanas evitando. Es esa sensación de que si no vas te quedarás en casa haciendo que lees, que ves algún episodio de alguna serie; pero estarás pensando todo el tiempo en si tenías que haber ido, atrincherado en pasados incómodos; consolándote con un con lo bien que estoy en el sofá, acomodado en presentes inmóviles; reprochándote con un debería haber ido, si no salgo nada va a cambiar. Bucle infinito de razones todas verdaderas y, puede, todas inútiles en realidad.

    Es esa inquietud de que el tiempo pasa y tu lo ves pasar, esa sensación de si sigo así voy mal, esa justificación de la semana que viene sin falta. Es ese momento, ese instante justo en el que tienes que hacer de tripas intención, subir la música, cerrar los ojos, respirar hondo y responderte a ti mismo que el día, si eres valiente, terminará mucho mejor de lo que esperabas.

    Lo que sucede después es la vida.

  • Un estudio pormenorizado y rigurosamente científico ha demostrado que ya no te podrán engañar más cuando te digan la edad. Basta con que mires el recipiente del que bebe. Nunca Falla.

    En Madrid, como en casi toda España, la forma del recipiente donde va a permanecer la bebida, normalmente por poco tiempo, es directamente proporcional al grado de evolución del ser que la sostiene entre sus manos. A continuación te resumimos en breves líneas los momentos básicos en la vida del ser humano.

    La primera vez que sales eres llevado a algún parque (entiéndase por parque cualquier superficie con un par de metros cuadrados de hierba mal cuidada, un banco aferrado con soplete al asfalto y un árbol cercano que hará pronto las veces de WC), a participar del llamado BOTELLÓN. Dícese del momento en que un grupo nunca inferior a diez personas bebe, trinca, saborea, chupa, lame y sorbe los 8 milímetros de diámetro que tiene el orificio de una botella previamente rellenada con alcohol y una bebida gaseosa en una proporción de 2 a 1, siempre a favor del alcohol, claro.

    Te darás cuenta de que estás en el paso siguiente de la evolución por dos elementos: uno es que el grupo se ha visto reducido a unas ocho personas debido a lances varios de temática normalmente amistosa (qué desagradable resulta caerle bien a la gente que te cae mal); el segundo es que el recipiente ha ensanchado notablemente sus medidas aunque sigue siendo de plástico. Es el aclamado MINI. Un litro cuyas proporciones son semejantes a las del botellón, añadiéndose ahora 250 gramos de incómodos icebergs llamados hielos por una grotesca metonimia.

    La especie avanza irremisiblemente y el hábito hace al monje. Un día descubrirás que son sólo cuatro los ¿amigos? que te rodean. Ahora los lances son puramente sexuales (no ceder a un vicio cuesta más que mantener una familia). El peligro a los innumerables contagios añadido a cierta consideración de clase te convierte en un egoísta, así que ya nadie comparte ese cilindro alargado que damos en llamar COPA. La proporción de mezcla es ahora de 3 a 1, siempre a favor del refresco, claro. El hielo nunca tiene tiempo de enfriar el contenido. Has alcanzado el cenit de tu carrera. Es tu mejor momento.

    Pero como todo lo bueno en la vida se acaba y el camino del vicio no solamente se desliza, sino que se precipita hacia abajo, llegará la velada en que el espejo te avance triste que esa noche tu compañía será una sola persona (normalmente del sexo contrario, aunque nunca se sabe), los lances ahora estriban entre las cortinas del salón y el colegio de los niños. El recipiente es más bajo y más ancho y se llama VASO, ahora (todo tiende a su inicio) la proporción es de nuevo de 2 a 1… siempre a favor de la leche, claro. ¿Con hielo? solo durante el verano.»

  • Tangos

    Juan es un hombre anuncio que pasea los fines de semana un gran cartel doble con menús a 8,50. Juan sube y baja la gran vía ofreciendo su cuerpo como poste, como corcho, como página derecha a todo color de un diario de fin de semana. Juan anuncia la comida de otro, el negocio de otro, los beneficios de otro. Juan lo hace por no pagar los 8,50 que vale el menú y algún dinero extra que le permita bajar al bar junto al puticlub de la esquina y mirar de lejos a las muchachas que se preparan a descender a los infiernos. Juan las desea a todas, se diría incluso que las quiere. Por 1,10 se toma el café cortado mientras sueña con una noche en el paraíso. A veces esboza una sonrisa cuando esa muchacha le clava la mirada. Las miserias se confunden con amor.

    Antonio ha terminado su segundo master en economía internacional en Alemania y pronto irá a Japón a investigar nuevas técnicas de mercado. No ha cumplido 25, sabe tres idiomas y se le supone preparado para llevar proyectos internacionales de cientos de miles de euros. Siempre dócil, siempre estudiante, siempre inteligente. Antonio nunca propondrá en sus negocios un plan de marketing que incluya un hombre anuncio por la gran vía. Esta noche ha vuelto a bajar al puticlub de la esquina y ha pagado los 200 euros que le cuesta sentirse querido. Ella es una profesional, lo ha hecho como una diosa, pero nunca le mirará como a Juan, que, de nuevo, pasea por gran vía un día más

  • Todos los días, P. se situa frente al jardín que ha cuidado con esmero durante años. Mira con detalle todos y cada uno de los seres vivos que allí se desarrollan. Tiene cierto complejo de creador cuando lo hace. Se siente bien, respira hondo y deja caer con grandilocuencia un suspiro que suena más a salmo que a súplica.

    Su jardín es simétrico hasta la enfermedad. Todos y cada uno de los arbustos que ha plantado se pueden analizar desde la vertical que unen las dos esquinas opuestas. Los setos, adornados con distintas especies se emparejarían si pudieramos doblar el jardín por su mitad inferior. Cuando colocó los árboles lo hizo pensando en la matemática precisión de las sombras que proyectarían en cada una de las estaciones.

    Esta mañana, P. se siente contrariado, con flema inglesa ha visto crecer junto a uno de los rosales más hermosos una flor nunca vista. Acude a la enciclopedia que le regalaron al jubilarse y no halla por ningún lado la especie, subespecie o algo que pueda darle cierta referencia. Su respiración se entrecorta, no se siente bien, y su suspiro resuena ahora más a plegaria que a bendición.

    A P. le invade la duda del creador. Puedo cortarlo, manteniendo la perfección del jardín. Pero es una especie única. Nunca podré recuperarla, mientras que si dejo que crezca, tampoco podré plantar en su polo opuesto otra que respete la simetría complicada con la que he creado el resto.

    P. es consciente de que si deja vivir aquella flor, romperá para siempre la simetría que le permite respirar hondo, sentirse bien, y elevar salmos a sí mismo. Sabe, sin embargo, que si la elimina, nunca se perdonará el haber actuado con la superioridad que da el ser creador.

    —-

    P. dejó finalmente vivir aquella planta. Quemó todo lo que había a su alrededor y terminó por destrozar el jardín. Ya no puede cortarla porque ha echado raices en su salón.

  • En realidad eran cuatro los reyes que se acercaron a la posada aquella noche famosa. Y fue porque se desviaron de su camino a una recepción oficial.

    En realidad llegaron después de un corto viaje, porque estaban de vacaciones pagadas con los impuestos de los orientales a quienes sometían sin demasiada crueldad, todo hay que decirlo.

    En realidad cuando llegaron al portal, se encontraron solo con dos pastores, que, la verdad, caminaban por allí y se acercaron para ver qué pasaba. Puro morbo.

    En realidad no era un niño sino dos, hembra y varón quienes chillaban ateridos de frío aquella noche famosa. La mula nunca estuvo allí, el buey tampoco. Dicen que había quizá algún cerdo, pero resulta poco verosímil por ciertas obviedades.

    La verdad es que no había padre, pues se había ido a por tabaco, henchido de orgullo ante la doble hazaña y algo desesperado por los nervios. No en vano había tenido que atender él mismo a la madre, que tampoco era su mujer, ya que la seguridad social no dispone de medios en noches como aquella.

    En realidad no solo no eran judíos sino que se sentían oprimidos por sus alambradas.

    La verdad es que la estrella más bien nunca pasaba por allí, temor de chocar con algún Tierra-aire.

    En verdad, en verdad os digo, que ni Dios quiere nacer allí.

  • Fue detenido bajo las cautelas del Gobierno, una noche cerrada y a ocultas de la prensa. Nadie supo, pues, que al día siguiente sería ejecutado bajo la atenta mirada del verdugo, el juez, y el testigo de oficio, un repartidor de pizzas que se encontraba repartiendo en la comisaría cuando le bajaban al calabozo. Cuestión de mala suerte.

    Se había dedicado durante los últimos quince años a colocar en las esquinas superiores de las camas donde pernoctaba un breve poema, una oración pagana o retazos de literatura indomesticable. Poco a poco consiguió cierta popularidad, de la que huía naturalmente, pues fama, que se supiera, no buscaba. Albergues, casa rurales, hospicios, hostales, pensiones…se fueron llenando de cierta poesía, de ciertos tonos decadentes o melancólicos, según el lugar, que acababan por atraer a los cansados viajeros en busca de descanso para el alma.

    Tanta poesía en esquineros de lechos solitarios provocó la inmediata supresión de desigualdades en las categorías hoteleras, desechando para siempre el estrellato de los neones que cupulaban los edificios de descanso. Tanta poesía en ángulo estimuló la lectura en los niños, que de mayores querían ser poetas, abandonando balones en los patios, bajo la displicente mirada de educadores agotados de tanto soneto y silva.

    La justicia, al no encontrar motivos suficientes de dolo en los actos del poeta aquel, dejaron en manos del fiscal la solución. La fama del inquisidor era, sin duda, mayor que la del escritor del Parnaso. No en vano cargaba orgulloso las penas de mas de diez mil ejecutados sin pena. Ni gloria. Rápida y vorazmente encontró la solución que definitivamente le llevaría al cadalso también llamado reeducador social promocional desde la reforma del ministerio.

    Su culpa: No utilizar papel reciclado.